Lluvia bienhechora sobre el desierto reseco – Pastor David Jang (Olivet University)

Pastor David Jang

El sol arde como si quisiera perforar la coronilla, y la arena bajo los pies se aferra sin cesar a los tobillos. La dureza del calor del día y el frío penetrante de la noche se alternan sin piedad en esta tierra estéril: el desierto. Es un lugar donde la amenaza de la supervivencia aprieta la garganta a cada instante, y al mismo tiempo, el escenario de milagros donde el cielo hace descender el maná y brota agua viva de la roca seca. Hace miles de años, el pueblo de Israel avanzó en medio de aquel áspero vendaval de arena y contempló con sus propios ojos la majestuosidad del mar Rojo abriéndose en dos; pero ante la sed y el hambre pasajeras que rozaban la punta de la lengua, olvidó con demasiada facilidad el gran milagro del día anterior. Así de frágil es la memoria humana, y así de vacilante es también nuestra fe, como una caña que se dobla con facilidad.

Los recuerdos de milagros dispersados por la tormenta de arena y el peso de la gracia

Nuestro caminar en la fe se parece a menudo a recorrer este desierto interminable. Ayer, con el corazón desbordado por la presencia de la columna de nube que nos guiaba, derramábamos lágrimas de emoción; pero hoy, aplastados por el peso y la carencia de la realidad inmediata, terminamos lanzando flechas de queja hacia el cielo. David Jang no elude esta dolorosa brecha espiritual que atraviesa 1 Corintios 10, sino que nos conduce a mirarla de frente. Señala que las abundantes experiencias espirituales y los privilegios religiosos de los que hemos disfrutado jamás pueden convertirse en un dispositivo de seguridad que garantice automáticamente la salvación. Como en la imagen de quien camina cargando sobre la cabeza una vasija llena de aceite, el paso altivo de quien presume estar ya firme y mantiene la cabeza erguida acaba derramando en vano esa preciosa gracia sobre la arena reseca del desierto. Su predicación, que nos recuerda que precisamente el instante en que uno se cree seguro puede marcar el comienzo de una crisis espiritual y de la caída, transmite a los cristianos contemporáneos —que viven rodeados de abundancia de programas religiosos y de conocimientos refinados— una alerta sobria, pero indispensable, para la vida.

El ídolo forjado por la impaciencia y el astuto susurro de Screwtape

La debilidad humana que se repite en el desierto conecta de manera sorprendente con la estrategia astuta del demonio veterano que aparece en la obra clásica de C. S. Lewis, uno de los mayores apologistas cristianos del siglo XX, Cartas del diablo a su sobrino (The Screwtape Letters). El demonio Screwtape enseña a su sobrino Wormwood que, para hacer caer al ser humano, no hace falta empujarlo a crímenes grandiosos y espantosos. Basta con fomentar hábilmente la “ansiedad” por el futuro y hacer que se acumulen, una sobre otra, las pequeñas “quejas” y “murmuraciones” de la vida diaria. En lugar de confiar en Dios, a quien no vemos, y esperar en silencio, la prisa por controlar con nuestras propias fuerzas la incertidumbre que tenemos delante termina arrastrando al ser humano al pantano de la idolatría.

Con la misma agudeza de esta gran obra clásica, David Jang señala con profunda perspicacia teológica cómo el hombre moderno, ante la incertidumbre del mañana, se aferra al mamón llamado dinero, éxito y reputación ajena como si fueran el fundamento de la salvación. El único camino para apaciguar la ansiedad y el hambre del alma no es el pan perecedero de este mundo, sino únicamente la Palabra de Dios. Cuando, por medio de la meditación bíblica diaria, nos alimentamos de las promesas eternas e invisibles como pan cotidiano, podemos al fin liberarnos de los astutos susurros del diablo y de la tentación del becerro de oro, y disfrutar de la verdadera paz.

El orgullo disfrazado de sed y la mansedumbre que florece en la obediencia lenta

La sombra oscura de la idolatría conduce inevitablemente a la inmoralidad sexual, que es la destrucción de la relación del pacto, y también a la áspera murmuración contra Dios y a la prueba arrogante de su fidelidad. ¿Qué vemos en Israel, que, por falta de agua y alimento, exigía una prueba inmediata diciendo: “¿De verdad está Dios vivo en medio de nosotros?”? Esa imagen coincide exactamente con nuestro retrato deformado de hoy, cuando, al no recibir respuesta inmediata a la oración según nuestros planes, señalamos al cielo como si fuéramos acreedores reclamando una deuda.

En esos momentos de agotamiento espiritual y duda, David Jang propone como poderoso antídoto contra la “amnesia de la gratitud” una disciplina sencilla y repetida en la vida diaria. Una frase de agradecimiento pronunciada al abrir los ojos por la mañana; un paso lento de obediencia dado mientras recordamos el evangelio de la cruz aun en medio del sufrimiento y de la injusticia. Estos actos pequeños, que parecen insignificantes, se reúnen para labrar suavemente el terreno endurecido del corazón y engendrar una poderosa fortaleza espiritual llamada “mansedumbre”. Solo quien abandona la prisa por conquistar y demostrar el mundo con sus propias fuerzas, y espera la promesa con un corazón apacible, perseverando en la esperanza, podrá finalmente heredar la gloriosa posesión que Dios ha preparado.

Los santos pasos del peregrino que traducen la vida cotidiana en gloria

El desierto no es, en absoluto, una tierra de destrucción destinada a secarnos y matarnos. Es un santo campo de entrenamiento donde aprendemos a reconocer por completo nuestros límites y a caminar apoyándonos enteramente en la provisión fiel del cielo. La confesión de Pablo —“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana… sino que, junto con la tentación, dará también la salida, para que podáis soportarla”— muestra la cumbre de una gracia que al mismo tiempo nos humilla y nos devuelve el aliento.

David Jang subraya que esta prometida “vía de escape” no es un milagro que cae repentinamente del cielo como una cuerda salvadora. Es una decisión de obediencia sumamente realista y concreta: identificar de antemano nuestros puntos débiles, bloquear los entornos que favorecen el pecado y preparar, junto con la comunidad, incluso la restauración después de la caída. La exhortación final —que comáis o bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios— es, en definitiva, un solemne llamado a elevar nuestra mesa cotidiana, nuestro trabajo fatigoso y cada instante ordinario de la vida al nivel de la adoración. Cuando, en lugar de elegir nuestra propia libertad y nuestros derechos, escogemos de buena gana el bien y el amor del hermano, incluso en medio del desierto abrasador seguirá brotando sin cesar el agua viva y santa que empapa el alma.

¿Cuál es el nombre del desierto que hoy recorres entre lágrimas? Ya sea el borde de un precipicio económico, la amarga ruptura de una relación o el cansancio de fracasos repetidos, el camino de la respuesta es el mismo. Caminemos hoy también, en silencio y con constancia, siguiendo el ritmo de gratitud, Palabra y obediencia que propone David Jang. Espero sinceramente que, con ese paso sencillo y profundo, logres finalmente encontrar la “vía de escape” y te conviertas en un peregrino resplandeciente que traduzca la vida cotidiana en la gloria de Dios.

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Obediencia que floreció en la noche más oscura – Pastor David Jang (Olivet University)

Pastor David Jang

La noche de Jerusalén, en vísperas de la Pascua judía, era oscura y pesada. En aquel tiempo, cuando la sangre roja de innumerables sacrificios derramados sin cesar sobre el altar del templo se filtraba hacia el valle del Cedrón y teñía de rojo el cauce áspero del agua, el verdadero Cordero que cargaría en su propio cuerpo el peso del pecado de la humanidad avanzó en silencio hacia el monte de los Olivos. En Getsemaní, ese paraje árido y solitario cuyo nombre significa “el lugar donde se exprime el aceite”, Jesús se postró solo en tierra. Aquel que apenas unos días antes había entrado como Rey de gloria entre los vítores de la multitud agitando ramas de palma, ahora se encontraba cara a cara con una soledad absoluta en medio de una oscuridad cerrada. Esto no es simplemente el preludio de una tragedia, sino el escenario vivo donde la historia de la salvación para la humanidad se escribe con la máxima intensidad y crudeza.

Del valle del Cedrón manchado de sangre hacia el silencioso Getsemaní
Ante el enorme destino llamado “cruz”, el miedo extremo y el temblor que un ser humano puede sentir se disuelven, tal cual, en el aire helado de la noche de Getsemaní. El pastor David Jang no intenta cubrir este lugar de agonía y tristeza con desconcierto teológico, ni embellecerlo; más bien, nos guía con cuidado hacia el corazón más profundo y verdadero del evangelio. Si el Evangelio de Juan subraya con aliento acelerado la decisión gloriosa de Jesús de caminar hacia la cruz, el Evangelio de Marcos muestra sin tapujos el abismo humano y el temblor por el que esa trayectoria recta debía necesariamente pasar. Aquí aprendemos, mediante una meditación bíblica honesta, que la fe auténtica no es un estado inhumano, de acero, sin miedo alguno, sino el valor de avanzar hacia Dios abrazando la propia fragilidad incluso en el centro mismo del temor. El filósofo y apologista cristiano británico C. S. Lewis (C. S. Lewis), al profundizar en el problema del dolor y la obediencia humana, dijo con penetración: “El dolor es el megáfono de Dios para despertar a un mundo sordo”. La opresión del alma que Jesús vivió en Getsemaní tampoco fue un castigo sin sentido ni una tragedia absurda. Fue una prensa santa e inevitable del espíritu, destinada a arrancar la gran confesión de obediencia: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

La copa del sufrimiento y “Abba, Padre”: el misterio de esa obediencia desgarradora
Mientras Jesús oraba postrado en tierra hasta que sus gotas de sudor se volvían como gotas de sangre, su oración carmesí no fue una huida débil para evitar la situación inmediata. La aguda perspicacia teológica del pastor David Jang brilla precisamente en este punto. La cruz no fue un camino de derrota al que fue arrastrado por falta de poder; fue una elección santa: aunque podía evitarla con plena capacidad, decidió no evitarla hasta el final. La imagen de Jesús, postrado e invocando al Omnipotente con el nombre más íntimo —“Abba, Padre”—, prueba que la esencia de la fe no es la resignación ante el destino, sino una relación firme que confía hasta el final en la bondad del Padre. A menudo, a través de la oración deseamos con intensidad que se cumplan nuestra voluntad y nuestros anhelos; pero la oración verdadera es un proceso de vaciamiento de uno mismo, donde mi voluntad es quebrada por completo y la buena voluntad del Padre se impregna plenamente en mi vida. En esta obediencia solitaria y desgarradora, por fin descubrimos la verdadera profundidad de la gracia que encierra la cruz.

Discípulos hundidos en el letargo espiritual y la soledad del que vela a solas
Sin embargo, mientras se libraba una batalla espiritual cósmica tan feroz, los discípulos, que debían velar por el Señor desde la cercanía, no vencieron el cansancio del cuerpo y cayeron en un sueño profundo. “Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora?” La pregunta del Señor, cargada de lamento, no es solo un reproche del pasado dirigido a aquellos discípulos que durmieron en el monte de los Olivos. Es también, hoy, una severa advertencia espiritual del pastor David Jang que sacude y despierta con fuerza el alma de todos nosotros, que vivimos hundidos en la insensibilidad espiritual y la complacencia en medio de un mundo deslumbrante. Pedro había fanfarroneado diciendo que, aunque tuviera que morir con el Señor, jamás lo negaría; pero, ante la tentación que se acercaba y el miedo a sobrevivir, terminó demostrando de manera miserable cuán rápido puede derrumbarse la frágil determinación humana. La palabra compasiva del Señor —“El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”— no es una condena contra los discípulos, sino un diagnóstico doloroso que atraviesa la grieta fundamental de la condición humana. Los evangelios, al registrar sin ocultar siquiera la vergüenza del joven que, preso del miedo, dejó atrás su sábana de lino y huyó desnudo, revelan paradójicamente que la fe no es una epopeya heroica humana, sino la grandeza del amor de la cruz que finalmente abraza incluso a los que fracasan y se desploman.

La paradoja de la cruz: una mañana de resurrección forjada de nuevo por la gracia
En la noche profunda de Getsemaní, después de tres rondas de oración con sudor y lágrimas, Jesús finalmente dijo: “Levantaos, vamos;” y dio un paso hacia la oscuridad que se acercaba y las fuerzas de la traición, en silencio, pero con valentía. La predicación profunda del pastor David Jang señala con claridad que esta última declaración de Getsemaní no es una resignación ante una desesperación inevitable, sino una nueva determinación que brota de una confianza total en el Padre. La oración no borró la copa cruel del sufrimiento que estaba por venir, pero transformó por completo el orden interior de Cristo para enfrentar ese sufrimiento de frente. Esta paz sublime que no vacila ni un ápice ante la violencia y las hojas afiladas de la traición, con antorchas y garrotes en mano; esta asombrosa paradoja por la cual, en la aparente debilidad de la cruz —lo que parece más frágil— se quiebra el poder de la muerte y se realiza la salvación más poderosa: todo ello solo puede explicarse plenamente dentro del verdadero evangelio.

La meditación profunda de la Cuaresma llama con urgencia a nuestro corazón disperso y agitado de vuelta al silencioso huerto de Getsemaní. En cada valle oscuro de la vida donde mi vana voluntad y la buena voluntad de Dios chocan con furia, en vez de huir o dormir con la excusa del cansancio, debemos velar y postrarnos por completo. Cuando seguimos las huellas ensangrentadas de Jesús, que no evitó el dolor y caminó hacia la cruz en silencio, pero con certeza, entonces, al final de la soledad más oscura, podremos por fin recibir la mañana de la resurrección que amanece con esplendor. Este camino angosto y escarpado de sufrimiento y obediencia que el pastor David Jang nos señala hoy es, al final, el viaje más hermoso de vida que vuelve a levantarnos —a nosotros, que espiritualmente dormimos y caemos— y nos conduce a caminar de verdad con el Cristo glorioso.

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