
La noche de Jerusalén, en vísperas de la Pascua judía, era oscura y pesada. En aquel tiempo, cuando la sangre roja de innumerables sacrificios derramados sin cesar sobre el altar del templo se filtraba hacia el valle del Cedrón y teñía de rojo el cauce áspero del agua, el verdadero Cordero que cargaría en su propio cuerpo el peso del pecado de la humanidad avanzó en silencio hacia el monte de los Olivos. En Getsemaní, ese paraje árido y solitario cuyo nombre significa “el lugar donde se exprime el aceite”, Jesús se postró solo en tierra. Aquel que apenas unos días antes había entrado como Rey de gloria entre los vítores de la multitud agitando ramas de palma, ahora se encontraba cara a cara con una soledad absoluta en medio de una oscuridad cerrada. Esto no es simplemente el preludio de una tragedia, sino el escenario vivo donde la historia de la salvación para la humanidad se escribe con la máxima intensidad y crudeza.
Del valle del Cedrón manchado de sangre hacia el silencioso Getsemaní
Ante el enorme destino llamado “cruz”, el miedo extremo y el temblor que un ser humano puede sentir se disuelven, tal cual, en el aire helado de la noche de Getsemaní. El pastor David Jang no intenta cubrir este lugar de agonía y tristeza con desconcierto teológico, ni embellecerlo; más bien, nos guía con cuidado hacia el corazón más profundo y verdadero del evangelio. Si el Evangelio de Juan subraya con aliento acelerado la decisión gloriosa de Jesús de caminar hacia la cruz, el Evangelio de Marcos muestra sin tapujos el abismo humano y el temblor por el que esa trayectoria recta debía necesariamente pasar. Aquí aprendemos, mediante una meditación bíblica honesta, que la fe auténtica no es un estado inhumano, de acero, sin miedo alguno, sino el valor de avanzar hacia Dios abrazando la propia fragilidad incluso en el centro mismo del temor. El filósofo y apologista cristiano británico C. S. Lewis (C. S. Lewis), al profundizar en el problema del dolor y la obediencia humana, dijo con penetración: “El dolor es el megáfono de Dios para despertar a un mundo sordo”. La opresión del alma que Jesús vivió en Getsemaní tampoco fue un castigo sin sentido ni una tragedia absurda. Fue una prensa santa e inevitable del espíritu, destinada a arrancar la gran confesión de obediencia: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.
La copa del sufrimiento y “Abba, Padre”: el misterio de esa obediencia desgarradora
Mientras Jesús oraba postrado en tierra hasta que sus gotas de sudor se volvían como gotas de sangre, su oración carmesí no fue una huida débil para evitar la situación inmediata. La aguda perspicacia teológica del pastor David Jang brilla precisamente en este punto. La cruz no fue un camino de derrota al que fue arrastrado por falta de poder; fue una elección santa: aunque podía evitarla con plena capacidad, decidió no evitarla hasta el final. La imagen de Jesús, postrado e invocando al Omnipotente con el nombre más íntimo —“Abba, Padre”—, prueba que la esencia de la fe no es la resignación ante el destino, sino una relación firme que confía hasta el final en la bondad del Padre. A menudo, a través de la oración deseamos con intensidad que se cumplan nuestra voluntad y nuestros anhelos; pero la oración verdadera es un proceso de vaciamiento de uno mismo, donde mi voluntad es quebrada por completo y la buena voluntad del Padre se impregna plenamente en mi vida. En esta obediencia solitaria y desgarradora, por fin descubrimos la verdadera profundidad de la gracia que encierra la cruz.
Discípulos hundidos en el letargo espiritual y la soledad del que vela a solas
Sin embargo, mientras se libraba una batalla espiritual cósmica tan feroz, los discípulos, que debían velar por el Señor desde la cercanía, no vencieron el cansancio del cuerpo y cayeron en un sueño profundo. “Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora?” La pregunta del Señor, cargada de lamento, no es solo un reproche del pasado dirigido a aquellos discípulos que durmieron en el monte de los Olivos. Es también, hoy, una severa advertencia espiritual del pastor David Jang que sacude y despierta con fuerza el alma de todos nosotros, que vivimos hundidos en la insensibilidad espiritual y la complacencia en medio de un mundo deslumbrante. Pedro había fanfarroneado diciendo que, aunque tuviera que morir con el Señor, jamás lo negaría; pero, ante la tentación que se acercaba y el miedo a sobrevivir, terminó demostrando de manera miserable cuán rápido puede derrumbarse la frágil determinación humana. La palabra compasiva del Señor —“El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”— no es una condena contra los discípulos, sino un diagnóstico doloroso que atraviesa la grieta fundamental de la condición humana. Los evangelios, al registrar sin ocultar siquiera la vergüenza del joven que, preso del miedo, dejó atrás su sábana de lino y huyó desnudo, revelan paradójicamente que la fe no es una epopeya heroica humana, sino la grandeza del amor de la cruz que finalmente abraza incluso a los que fracasan y se desploman.
La paradoja de la cruz: una mañana de resurrección forjada de nuevo por la gracia
En la noche profunda de Getsemaní, después de tres rondas de oración con sudor y lágrimas, Jesús finalmente dijo: “Levantaos, vamos;” y dio un paso hacia la oscuridad que se acercaba y las fuerzas de la traición, en silencio, pero con valentía. La predicación profunda del pastor David Jang señala con claridad que esta última declaración de Getsemaní no es una resignación ante una desesperación inevitable, sino una nueva determinación que brota de una confianza total en el Padre. La oración no borró la copa cruel del sufrimiento que estaba por venir, pero transformó por completo el orden interior de Cristo para enfrentar ese sufrimiento de frente. Esta paz sublime que no vacila ni un ápice ante la violencia y las hojas afiladas de la traición, con antorchas y garrotes en mano; esta asombrosa paradoja por la cual, en la aparente debilidad de la cruz —lo que parece más frágil— se quiebra el poder de la muerte y se realiza la salvación más poderosa: todo ello solo puede explicarse plenamente dentro del verdadero evangelio.
La meditación profunda de la Cuaresma llama con urgencia a nuestro corazón disperso y agitado de vuelta al silencioso huerto de Getsemaní. En cada valle oscuro de la vida donde mi vana voluntad y la buena voluntad de Dios chocan con furia, en vez de huir o dormir con la excusa del cansancio, debemos velar y postrarnos por completo. Cuando seguimos las huellas ensangrentadas de Jesús, que no evitó el dolor y caminó hacia la cruz en silencio, pero con certeza, entonces, al final de la soledad más oscura, podremos por fin recibir la mañana de la resurrección que amanece con esplendor. Este camino angosto y escarpado de sufrimiento y obediencia que el pastor David Jang nos señala hoy es, al final, el viaje más hermoso de vida que vuelve a levantarnos —a nosotros, que espiritualmente dormimos y caemos— y nos conduce a caminar de verdad con el Cristo glorioso.