Si alguien escribiera la historia de mi vida, ¿qué pasaje le pediría que omitiera antes que ningún otro? La genealogía de Jesucristo en Mateo 1 conserva, junto con la gloria de los reyes, el sufrimiento del exilio, la presencia de mujeres extranjeras y las huellas del pecado. En su sermón, el pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, descubre en esta genealogía una promesa de salvación que las faltas humanas no lograron interrumpir. En el centro del relato no está una familia intachable, sino el Salvador que entró personalmente en una historia imperfecta.
Tres períodos de catorce generaciones: una promesa que continúa en medio del sufrimiento
Mateo presenta tres períodos de catorce generaciones: desde Abraham hasta David, desde David hasta la deportación a Babilonia y desde la deportación hasta Cristo (Mt 1:17). El tiempo en que se estableció la monarquía y aquel en que se perdió la nación aparecen dentro de una misma genealogía. La salvación prometida por Dios no llegó a través de una historia marcada únicamente por la prosperidad. La caída de una dinastía y una larga espera también forman parte del relato que conduce a Cristo.
El pastor David Jang destaca que los valores numéricos de las consonantes que componen el nombre de David en hebreo suman 4 + 6 + 4 = 14. En este sermón, la repetición de las catorce generaciones subraya el mensaje de que Jesús vino como Rey, como descendiente de David. Asimismo, mediante una interpretación simbólica que relaciona las cuarenta y dos generaciones de los tres períodos con los cuarenta y dos meses bíblicos, entendidos como una imagen del sufrimiento, explica el curso de una salvación que llega a su cumplimiento después de la espera.
El sentido al que apuntan estos números va más allá de recuperar la gloria de una casa real. Su significado reside en la llegada del Mesías que salvará a los pecadores y en la restauración de una vida en comunión con Dios. Por eso, el sermón también contempla las palabras de Gálatas 4:4: «cuando vino el cumplimiento del tiempo». Lo que para los seres humanos parecía una espera larga y sin horizonte se convierte, dentro de la promesa de Dios, en una historia que aguarda a Cristo.
Que la genealogía comience con Abraham y tenga a David en su centro muestra que esta espera no era una expectativa imprecisa. La promesa se transmitió a través de personas y generaciones concretas, y continuó incluso después del exilio. Al leer la historia, la pregunta decisiva no es tanto quién logró mantenerse en el éxito hasta el final, sino qué permaneció cuando los logros humanos se derrumbaron. Precisamente allí sitúa este sermón la soberanía de Dios y su promesa de salvación.
Aferrarse a esta promesa no borra el dolor del sufrimiento. La mención del exilio en Babilonia permite recordar la pérdida sin disimularla. Sin embargo, el hecho de que aquel tiempo no fuera el final de la genealogía nos invita a detener la prisa con la que pretendemos juzgar toda una vida a partir de un fracaso presente. La razón para confiar en Dios, aun en medio de un tiempo que todavía no comprendemos, no se encuentra tanto en nuestro optimismo como en su fidelidad.
Tamar, Rahab, Rut y Betsabé: nombres que no fueron borrados
La mirada que seguía los altibajos de la historia se detiene ahora en las personas que los vivieron. Al conocer las historias de las mujeres que aparecen en la genealogía de Jesús, resulta difícil reducir a una persona a una etiqueta conocida. En la historia de Tamar se entrelazan las responsabilidades familiares y la vergüenza, pero finalmente Judá reconoce que ella es más justa que él (Gn 38:26). La historia de la salvación conserva incluso ese momento en que quien condenaba a otra persona se ve obligado a reconocer su propia falta.
Rahab aparece como una prostituta de Jericó, pero la carta a los Hebreos recuerda la fe con la que recibió a los espías (Heb 11:31). En la genealogía de Mateo figura como madre de Booz. Rut, una mujer moabita, hace del pueblo y del Dios de Noemí su propio pueblo y su propio Dios, y junto con Booz da continuidad a la genealogía que conduce a David. Una mirada que juzga a las personas únicamente por su origen y su pasado no alcanza a reconocer plenamente su fe y su entrega.
La expresión que se refiere a Betsabé como «la mujer de Urías» conserva un recuerdo todavía más incómodo. Junto al nombre de David quedan también el pecado que cometió y la muerte de Urías. Es un episodio que quizá se habría querido borrar para proteger el honor del rey, pero su presencia en el relato impide olvidar el mal que podría quedar oculto detrás de la gloria. Por eso, el hecho de que personas pecadoras hayan participado en la historia de la salvación no puede convertirse en una justificación del pecado mismo.
En este punto, leer la genealogía se convierte en un ejercicio para aprender a comprender a las personas. Si solo miramos la vergüenza asociada a Tamar, pasamos por alto la falta que Judá reconoció. Si solo vemos el pasado de Rahab, no percibimos la fe que manifestó. Si encerramos a Rut en la categoría de extranjera, dejamos de escuchar su confesión de fe. Detenernos ante los nombres que la Escritura ha conservado significa resistirnos a explicar toda la vida de alguien a partir de un único dato que conocemos.
La gracia que transmiten estos nombres no es un permiso para embellecer el pasado. La responsabilidad de reconocer las faltas permanece, mientras se tambalean las barreras que mantenían a las personas excluidas por su origen y sus errores. La genealogía de la salvación no demuestra que los seres humanos sean irreprochables. Revela el amor de Dios, que no renunció a una humanidad imperfecta. Por eso necesitamos tanto el arrepentimiento que examina nuestra propia vida como la humildad con la que miramos a los demás.
El significado de Emanuel: Dios vino al encuentro de los pecadores
Después de los nombres de aquellas mujeres, la genealogía llega a María. Mateo 1 relata que ella concibió por obra del Espíritu Santo y que José, sin conocer todavía lo sucedido, pensaba poner fin a su compromiso en secreto. El ángel del Señor le dice que no tenga miedo. Ante un acontecimiento que superaba la comprensión humana, se le pedía la obediencia de acoger la palabra de Dios.
Los dos nombres que aparecen a continuación iluminan el sentido de toda la genealogía. Jesús es quien salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1:21), y Emanuel significa que Dios está con nosotros (Mt 1:23). La promesa de la presencia de Dios no se limita a que permanezca a nuestro lado haciendo como si nuestras faltas no existieran. Es la declaración de que él mismo entró en la vida humana para salvar a quienes estaban sometidos al pecado y a la muerte.
Aquí, el registro de una ascendencia se conecta con la vida de quienes hoy creen en Cristo. El sermón describe la unión con Jesús como la entrada en una «genealogía espiritual»: la pertenencia al pueblo de Dios. No es el hecho de nacer en una familia determinada ni de tener una trayectoria más distinguida que la de otros lo que establece esa relación. Es una nueva pertenencia que se abre a quien recibe a Cristo por la fe, y en ella no tiene cabida la actitud que convierte el origen o el sexo en criterios de superioridad.
El pastor David Jang relaciona esta presencia de Dios con la restauración del templo derribado. Según esta interpretación, Cristo viene como el verdadero templo y, al habitar el Espíritu Santo en quienes lo reciben, se restaura la vida en comunión con Dios. Desde esta perspectiva, la salvación es algo más fundamental que construir una nueva trayectoria para obtener el reconocimiento ajeno. Consiste en la renovación de nuestro interior y de nuestra vida para vivir en la presencia de Dios.
El camino de humildad de Cristo que presenta Filipenses 2:6–7 profundiza este significado. El Señor no se limitó a contemplar desde lejos la fragilidad humana, sino que vino tomando la condición de siervo. Por eso, Emanuel no es un consuelo que solo pueda reconocerse después de que todo dolor haya desaparecido. Porque Dios vino al corazón de nuestra realidad imperfecta, podemos mirar hacia la salvación sin dar la espalda a esa realidad.
Leer la genealogía desde la gracia transforma nuestra mirada de hoy
Si después de leer esta genealogía seguimos utilizando los mismos criterios para dividir a las personas, quizá todavía exista una distancia entre conocer aquellos nombres y recibir el evangelio. Eso sucede cuando pedimos comprensión para nuestras propias circunstancias, pero ante los demás nos fijamos primero en sus errores del pasado. Necesitamos examinar a la luz de la Palabra esa contradicción: pedir gracia para nosotros mismos y exigir méritos a nuestro prójimo.
La exhortación con la que concluye el sermón es la de tener la misma actitud que hubo en Cristo Jesús (Flp 2:5). Confesar que seguimos al Señor que se humilló nos lleva a revisar, antes que nada, las distancias que hemos establecido por el origen, el sexo o las circunstancias de otra persona. Un comienzo puede ser no decidir cómo tratar a alguien que llega por primera vez a la comunidad en función de su procedencia, o no explicar su presente únicamente por los errores de su pasado. El amor que supera la discriminación se manifiesta menos en una consigna lejana que en la manera de tratar a una persona cercana.
También necesitamos dirigir esa mirada hacia nosotros mismos. Debemos sostener a la vez la responsabilidad de reconocer y corregir nuestras faltas y la esperanza de no quedar encerrados en el pasado. Si para acercarnos a Dios tuviéramos que ser primero personas perfectas, quienes cargan con recuerdos imborrables permanecerían para siempre fuera de la puerta. Sin embargo, Mateo 1 no dice que el Salvador viniera solo después de que los seres humanos hubieran dejado su historia libre de toda mancha.
Volvamos al relato de nuestra vida que imaginamos al principio. Lo importante ahora no es cuánto hemos logrado borrar los episodios que nos avergüenzan, sino si podemos reconocerlos con honestidad y, aun así, mirar a Cristo. La genealogía de Jesús muestra una gracia que no borra las faltas del relato, pero tampoco encierra a las personas en ellas. ¿Podré poner hoy ante esa gracia tanto el episodio de mi vida que deseaba borrar como el nombre del prójimo al que juzgué con demasiada facilidad?