La antigua ciudad portuaria de Corinto era un enorme crisol donde las olas bravas del Mediterráneo y el deseo chocaban sin descanso. En aquella urbe, entre templos deslumbrantes, fluían la riqueza y el placer; y la iglesia levantada allí era, quizá, como un arca frágil a la deriva sobre el mar. En las líneas de la Primera Carta a los Corintios que el apóstol Pablo escribió con pluma en mano —especialmente en los capítulos 5 y 6— se escucha un aliento áspero que ninguna lógica serena alcanza a contener del todo. No se trata de una simple reprensión, sino del grito urgente de un padre que ve a su hijo amado tragar veneno.
Hoy, tomando como guía la aguda perspicacia teológica del pastor David Jang, queremos observar cómo ese grito que resonó en las calles de Corinto hace dos mil años atraviesa también nuestra época. No entramos porque falte gracia, sino porque allí —en el escenario de una contradicción donde gracia y pecado coexistían de forma extraña— se revela una tensión que sigue siendo la nuestra.
El bosque de los dones brillantes y, dentro, el retrato oculto de “Dorian Gray”
En la novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, aparece Dorian, un protagonista que conserva para siempre la juventud y la belleza. Por fuera parece perfecto y cautivador; pero su codicia y su corrupción quedan registradas tal cual en el retrato escondido en el desván, que se va pudriendo hasta volverse monstruoso. Así se asemeja, según diagnostica el pastor David Jang, la iglesia de Corinto. Exteriormente exhibía la forma de una “iglesia exitosa”: rebosante de lenguas y profecía, llena de conocimiento y fervor. Sin embargo, detrás del telón de aquellos dones deslumbrantes, anidaba una inmoralidad incestuosa que incluso los de fuera considerarían vergonzosa de mencionar.
Más impactante aún era su actitud. Lo que enfureció a Pablo no fue solo el pecado en sí, sino el orgullo de una iglesia que, aun abrazando ese pecado, no se quebrantaba ni se entristecía. En este punto, el pastor David Jang lanza un mensaje de predicación dolorosamente incisivo: ellos presumían de su libertad espiritual y, en nombre de la tolerancia, encubrían el pecado. Una iglesia que ha perdido la santidad y solo se gloría en los dones no es distinta de Dorian Gray, que sonríe con un rostro hermoso mientras esconde un retrato que se descompone. Aunque el aire impuro de la ciudad atravesó el umbral de la iglesia e invadió hasta el santuario, su sensibilidad espiritual estaba anestesiada y no percibían el hedor. Es, también, una advertencia helada para la iglesia contemporánea que, aun en medio de la abundancia, va perdiendo la fiereza de la santidad.
La mesa de lágrimas que rechaza el pan con levadura
La Biblia compara el pecado con la levadura. Así como una cantidad mínima fermenta toda la masa y le cambia la naturaleza, el pecado tolerado corrompe la esencia de la comunidad. El pastor David Jang, recordando la Pascua y la Fiesta de los Panes sin Levadura del Antiguo Testamento, nos hace volver a la identidad del cristiano: somos “pan sin levadura”. La orden de Pablo de desechar la levadura vieja no exige una pulcritud moral obsesiva. Se parece más a una cirugía de urgencia para salvar la vida.
La disciplina (purificación) de la iglesia no es como un veredicto de un tribunal civil. Tal como interpreta el pastor David Jang, detrás de la declaración estremecedora de “entregarlo a Satanás” corre un amor paradójico: aunque se destruya la carne, que el espíritu sea salvado en el día del Señor Jesús. Esto no es castigo, sino rescate. En el incidente de Baal Peor y en aquel desierto donde, mordidos por serpientes ardientes y muriendo, era necesario mirar la serpiente de bronce, descubrimos el principio del evangelio: el único antídoto capaz de arrancar el aguijón envenenado del falso amor es enfrentarnos al amor verdadero: la cruz.
Por la misma razón Pablo reprendió con tanta severidad el hecho de llevar los conflictos internos de la iglesia a los tribunales del mundo. Olvidar la dignidad de quienes han de juzgar y gobernar al mundo, para someterse a su juicio, es arrojar la gloria de la iglesia al suelo. El pastor David Jang define esto como una “pérdida de identidad”. ¿Qué sentido tendría ganar un pleito ante el mundo al precio de renunciar a la santidad?
La libertad pagada con sangre y su peso
“No sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio.” Esta declaración es el clímax de 1 Corintios 6 y el corazón de la ética cristiana. En la Corinto de entonces estaba de moda un eslogan hedonista: “El vientre para la comida, y la comida para el vientre.” El cuerpo se veía como un simple instrumento para satisfacer instintos. Pero el pastor David Jang, apoyándose en la argumentación de Pablo, hace añicos ese dualismo: nuestro cuerpo es miembro de Cristo y templo en el que habita el Espíritu Santo.
La sociedad moderna clama: “Mi cuerpo es mío”, y pretende que todo placer es un derecho. En esta era de “Corinto digital”, donde con un toque del smartphone se accede a la obscenidad y, escondidos tras el anonimato, se expulsan deseos sin freno, es fácil perder el camino. Justo entonces, la meditación bíblica del pastor David Jang nos lanza una pregunta pesada: ¿con quién se están uniendo hoy tus manos y tus pies, tus ojos y tus oídos? Así como quien se une a una prostituta se hace un solo cuerpo, quien se une al Señor es un solo espíritu con Él.
La libertad no es libertinaje. Como dice la Escritura: “Todo me es lícito, pero no todo conviene.” La libertad verdadera nace de la capacidad de ponerse límites. Puesto que nuestro cuerpo fue comprado a un precio inmenso —la sangre derramada en la cruz— ya no podemos vivir como esclavos del deseo.
El mensaje de 1 Corintios que transmite el pastor David Jang desemboca, finalmente, en la restauración: volver a levantar la muralla derruida; quitar la levadura y partir el pan de la sinceridad y la verdad. Una comunidad que se distingue del mundo sin odiarlo; una iglesia que odia el pecado pero no abandona al pecador hasta el final, practicando el amor de la cruz. Ese es el camino que debemos recorrer nosotros, templo del Espíritu Santo. Hoy, ¿qué fragancia se eleva del templo que es tu vida?
고대의 항구 도시 고린도, 그곳은 지중해의 거친 파도와 욕망이 쉼 없이 밀려드는 거대한 용광로였습니다. 화려한 신전들 사이로 부와 쾌락이 흐르던 그 도시에 세워진 교회는, 어쩌면 바다 위에 떠 있는 위태로운 방주와도 같았습니다. 사도 바울이 펜을 들어 써 내려간 고린도전서의 문장들, 특히 5장과 6장에는 차분한 논리로는 다 담아낼 수 없는 거친 숨소리가 들립니다. 그것은 단순한 훈계가 아닌, 사랑하는 자녀가 독을 삼키는 것을 목격한 아비의 다급한 외침입니다.
오늘 우리는 장재형 목사의 예리한 신학적 통찰을 길잡이 삼아, 2천 년 전 고린도의 거리에서 들려온 이 외침이 어떻게 현대의 우리를 관통하는지 살펴보고자 합니다. 은혜가 없어서가 아니라, 은혜와 죄가 기이하게 공존했던 그 모순의 현장으로 들어갑니다.
화려한 은사의 숲, 그 안에 감춰진 ‘도리안 그레이’의 초상
오스카 와일드의 소설 《도리안 그레이의 초상》에는 영원한 젊음과 아름다움을 유지하는 주인공 도리안이 등장합니다. 그는 겉보기에 완벽하고 매혹적이지만, 그의 탐욕과 타락은 다락방에 숨겨진 초상화에 고스란히 기록되어 흉측하게 썩어들어 갑니다. 장재형 목사가 진단하는 고린도 교회의 모습이 바로 이와 흡사합니다. 겉으로는 방언과 예언이 넘치고 지식과 열정이 가득한, 소위 ‘성공한 교회’의 외형을 갖추고 있었습니다. 그러나 그 화려한 은사의 장막 뒤편에는, 세상 사람들조차 입에 담기 부끄러워할 근친상간의 음행이 똬리를 틀고 있었습니다.
더욱 충격적인 것은 그들의 태도였습니다. 바울을 분노케 한 것은 죄 그 자체보다, 그 죄를 품고도 애통해하지 않는 교회의 ‘교만’이었습니다. 장재형 목사는 이 지점에서 뼈아픈 설교의 메시지를 던집니다. 그들은 자신들의 영적 자유를 과시하며 관용이라는 이름으로 죄를 묵인했습니다. 거룩을 잃은 채 은사만을 자랑하는 교회는, 썩어가는 초상화를 숨긴 채 아름다운 얼굴로 미소 짓는 도리안 그레이와 다를 바 없습니다. 도시의 음란한 공기가 교회 문턱을 넘어 성소까지 침범했음에도, 그들은 영적 감각이 마비되어 악취를 맡지 못했습니다. 이는 오늘날 풍요 속에 있으면서도 거룩의 야성을 잃어가는 현대 교회를 향한 서늘한 경고이기도 합니다.
누룩 섞인 빵을 거부하는 눈물의 식탁
성경은 죄를 ‘누룩’에 비유합니다. 아주 작은 양이라도 반죽 전체를 부풀리고 성질을 바꿔버리는 누룩처럼, 묵인된 죄는 공동체의 본질을 변질시킵니다. 장재형 목사는 구약의 유월절과 무교절 절기를 들어, 그리스도인의 정체성이 ‘누룩 없는 떡’임을 상기시킵니다. 묵은 누룩을 내버리라는 바울의 명령은, 단순히 도덕적인 결벽증을 요구하는 것이 아닙니다. 그것은 생명을 지키기 위한 응급 수술과도 같습니다.
교회의 치리(정화)는 세상 법정의 판결과는 다릅니다. 장재형 목사의 해석처럼, “사단에게 내어준다”는 무시무시한 선언 이면에는, 육신은 멸하더라도 영혼만은 주 예수의 날에 구원받게 하려는 역설적인 사랑이 흐르고 있습니다. 이것은 처벌이 아니라 구출입니다. 바알브올의 사건에서, 그리고 불뱀에 물려 죽어가던 광야에서 놋뱀을 쳐다봐야 했던 그 절박함 속에서 우리는 복음의 원리를 발견합니다. 가짜 사랑의 독침을 뽑아내는 유일한 해독제는, 십자가라는 진짜 사랑을 마주하는 것뿐입니다.
바울이 교회 내의 분쟁을 세상 법정으로 가져가는 것을 그토록 책망한 이유도 여기에 있습니다. 세상을 판단하고 다스려야 할 존귀한 신분을 망각한 채, 세상의 판단 아래 스스로를 종속시키는 행위는 교회의 영광을 땅에 떨어뜨리는 것입니다. 장재형 목사는 이를 ‘정체성의 상실’로 규정합니다. 거룩을 포기하면서까지 얻어낸 세상의 승소가 과연 무슨 의미가 있겠습니까?
핏값으로 지불된 자유, 그 무거움에 대하여
“너희 몸은 너희의 것이 아니라 값으로 산 것이 되었으니.” 이 선언은 고린도전서 6장의 절정이자, 기독교 윤리의 심장입니다. 당시 고린도에는 “배는 식물을 위하고 식물은 배를 위한다”는 쾌락주의적 슬로건이 유행했습니다. 몸을 단지 본능 해소의 도구로 본 것입니다. 그러나 장재형 목사는 바울의 논증을 빌려 이 이원론을 박살 냅니다. 우리의 몸은 그리스도의 지체요, 성령이 거하시는 성전입니다.
현대 사회는 “내 몸은 나의 것”이라고 외치며, 모든 쾌락을 권리라고 주장합니다. 스마트폰 터치 한 번으로 음란과 접속하고, 익명성 뒤에 숨어 욕망을 배설하는 이 시대의 디지털 고린도 속에서, 우리는 길을 잃기 쉽습니다. 바로 이때, 장재형 목사의 성경 묵상은 우리에게 묵직한 질문을 던집니다. 당신의 손과 발, 당신의 눈과 귀는 오늘 누구와 연합하고 있습니까? 창기와 합하는 자가 한 몸이 되듯, 주와 합하는 자는 한 영이 됩니다.
자유는 방종이 아닙니다. “모든 것이 가하나 다 유익한 것이 아니요”라는 말씀처럼, 진정한 자유는 스스로를 제한할 줄 아는 능력에서 나옵니다. 십자가에서 흘리신 보혈의 값, 그 엄청난 대가를 치르고 산 우리의 몸이기에, 우리는 더 이상 욕망의 노예로 살 수 없습니다.
장재형 목사가 전하는 고린도전서의 메시지는 결국 ‘회복’으로 귀결됩니다. 무너진 성벽을 다시 쌓고, 누룩을 제하여 순전함과 진실함의 떡을 떼는 공동체. 세상과 구별되지만 세상을 혐오하지 않고, 죄는 미워하되 죄인은 끝까지 포기하지 않는 십자가의 사랑을 실천하는 교회. 그것이 바로 성령의 전인 우리가 걸어가야 할 길입니다. 오늘, 당신의 삶이라는 성전에는 어떤 향기가 피어오르고 있습니까?
Corinthe, antique cité portuaire, était un immense creuset où les vagues rugueuses de la Méditerranée et les désirs humains se déversaient sans répit. Au milieu de temples fastueux, la richesse et le plaisir circulaient à ciel ouvert. L’Église implantée dans cette ville ressemblait peut-être à une arche fragile, dérivant sur une mer dangereuse.
Lorsque l’apôtre Paul prend la plume dans la Première lettre aux Corinthiens—surtout aux chapitres 5 et 6—on entend un souffle rude que la seule logique ne suffit pas à contenir. Ce n’est pas une simple remontrance : c’est le cri pressant d’un père qui voit son enfant bien-aimé avaler du poison.
Aujourd’hui, en prenant pour guide la lucidité théologique du pasteur David Jang, nous voulons considérer comment ce cri, venu des rues de Corinthe il y a deux mille ans, traverse encore notre époque. Nous entrons dans ce lieu de contradiction : non pas là où la grâce manquerait, mais là où la grâce et le péché cohabitaient d’une manière étrange.
La forêt des dons éclatants et, caché en son cœur, le « portrait de Dorian Gray »
Dans Le Portrait de Dorian Gray d’Oscar Wilde, Dorian conserve une jeunesse et une beauté éternelles. Dehors, il paraît parfait et fascinant ; mais sa cupidité et sa corruption se gravent dans un portrait dissimulé au grenier, qui se décompose en une laideur effrayante.
Le pasteur David Jang voit quelque chose de semblable dans l’Église de Corinthe. En apparence, elle semblait « réussie » : abondance de langues, de prophéties, de zèle, de connaissance. Pourtant, derrière le rideau de dons spectaculaires, un péché que même les païens auraient eu honte de nommer s’était enraciné : une immoralité incestueuse.
Plus choquante encore fut leur attitude. Ce qui mit Paul en colère, ce ne fut pas seulement le péché, mais l’orgueil d’une Église qui pouvait le tolérer sans en être brisée. C’est ici que, selon David Jang, retentit un message douloureux : ils exhibaient leur « liberté spirituelle » et, sous le nom de tolérance, ils excusaient le mal. Une Église qui a perdu la sainteté tout en se glorifiant des dons ressemble à Dorian Gray : sourire radieux, portrait pourri derrière la porte.
L’air d’impureté de la ville avait franchi le seuil, envahissant jusqu’au sanctuaire—et pourtant, leurs sens spirituels s’étaient émoussés : ils ne sentaient plus l’odeur. C’est un avertissement glacial pour l’Église moderne, parfois prospère, mais en danger de perdre l’instinct sauvage de la sainteté.
Une table en larmes qui refuse le pain mêlé de levain
La Bible compare le péché au levain. Une quantité infime suffit à faire lever toute la pâte et à en changer la nature. De même, un péché toléré altère progressivement l’essence de la communauté.
Le pasteur David Jang rappelle, à partir de la Pâque et de la fête des pains sans levain, que l’identité du croyant est celle d’un pain sans levain. L’ordre de Paul—ôter le vieux levain—n’exige pas un perfectionnisme moral. Il s’agit d’une chirurgie d’urgence pour sauver la vie.
La discipline de l’Église (la purification) n’est pas un simple verdict à la manière des tribunaux du monde. Selon la lecture de David Jang, derrière l’expression terrifiante « livrer un tel homme à Satan » se trouve un amour paradoxal : même si la chair est brisée, que l’esprit soit sauvé au jour du Seigneur Jésus. Ce n’est pas d’abord un châtiment, mais un sauvetage.
Dans l’Ancien Testament—à Baal-Peor, et dans le désert où les mourants devaient regarder le serpent d’airain après avoir été mordus par les serpents ardents—nous retrouvons une logique de l’Évangile : l’unique antidote à la piqûre empoisonnée d’un faux amour est de faire face au véritable amour, celui de la croix.
C’est aussi la raison pour laquelle Paul reprend si sévèrement ceux qui portent les conflits internes de l’Église devant les tribunaux du monde. Oublier cette dignité—celle d’un peuple appelé à juger et à gouverner—et se soumettre au jugement du monde, c’est jeter la gloire de l’Église à terre. David Jang appelle cela une perte d’identité. À quoi sert une victoire juridique obtenue au prix de la sainteté ?
Une liberté payée au prix du sang : le poids de ce prix
« Vous ne vous appartenez point à vous-mêmes, car vous avez été rachetés à un grand prix. » Cette déclaration est le sommet de 1 Corinthiens 6 et le cœur de l’éthique chrétienne.
À Corinthe circulait un slogan hédoniste : « Les aliments sont pour le ventre et le ventre pour les aliments. » Le corps n’était vu que comme un outil pour satisfaire l’instinct. Mais, suivant l’argumentation de Paul, David Jang renverse ce dualisme : notre corps est un membre du Christ et un temple du Saint-Esprit.
La société moderne crie : « Mon corps m’appartient », et revendique tous les plaisirs comme des droits. Un simple geste sur un smartphone ouvre la porte à l’impureté ; derrière l’anonymat, le désir se déverse sans frein. Dans cette Corinthe numérique, nous nous égarons facilement.
C’est ici que la méditation biblique du pasteur David Jang nous pose une question lourde : à qui s’unissent aujourd’hui tes mains et tes pieds, tes yeux et tes oreilles ? De même que celui qui s’unit à une prostituée devient un seul corps avec elle, celui qui s’unit au Seigneur devient un seul esprit avec lui.
La liberté n’est pas la débauche. Comme le dit l’Écriture : « Tout est permis, mais tout n’est pas utile. » La vraie liberté se reconnaît à la capacité de se limiter soi-même. Parce que notre corps a été acheté au prix immense du sang versé sur la croix, nous ne pouvons plus vivre comme esclaves du désir.
Le message que David Jang met en lumière dans 1 Corinthiens converge finalement vers la restauration : rebâtir les murailles abattues, ôter le levain, rompre le pain de la sincérité et de la vérité. Une Église séparée du monde sans haïr le monde ; qui hait le péché sans renoncer au pécheur ; qui pratique l’amour de la croix—cet amour qui tient ensemble sainteté et miséricorde.
Aujourd’hui, quel parfum s’élève du sanctuaire qu’est ta vie ?
Corinth, an ancient port city, was a massive crucible where the rough Mediterranean surf and human desire surged without pause. Amid glittering temples, wealth and pleasure coursed through the streets. The church planted in that city may have been like a fragile ark adrift on stormy seas.
When the apostle Paul takes up his pen in 1 Corinthians—especially chapters 5 and 6—you can hear a breath too urgent to be contained by calm logic. This is not mere moral instruction. It is the desperate cry of a father watching a beloved child swallow poison.
Today, guided by the incisive theological insight of Pastor David Jang, we will step into that paradoxical scene from two thousand years ago—where grace was not absent, yet grace and sin strangely coexisted—and ask how Paul’s cry still pierces the modern church.
A Forest of Spectacular Gifts—and “The Picture of Dorian Gray” Hidden Inside
In Oscar Wilde’s novel The Picture of Dorian Gray, the protagonist preserves eternal youth and beauty. Outwardly, he appears flawless and captivating, but his greed and corruption are faithfully recorded in a portrait locked away in an attic—rotting into something grotesque.
Pastor David Jang diagnoses the Corinthian church in much the same way. On the surface, it looked like a “successful church”: overflowing with tongues and prophecy, rich in knowledge and passion. Yet behind the curtain of dazzling gifts, there was a coil of sexual immorality—an incestuous relationship so shameful that even the surrounding society would have found it scandalous.
Even more shocking was the church’s posture. What enraged Paul was not only the sin itself, but the pride of a community that could harbor such sin without mourning. Here Pastor David Jang delivers a message that cuts to the bone: the Corinthians flaunted their “spiritual freedom,” excusing and tolerating sin in the name of broad-mindedness. A church that boasts in gifts while losing holiness is no different from Dorian Gray smiling with a beautiful face while hiding a decaying portrait.
Though the city’s immoral air had crossed the church’s threshold and invaded the sanctuary itself, the congregation’s spiritual senses had grown numb—they could no longer smell the stench. It is, at the same time, a chilling warning to modern churches that enjoy abundance yet slowly lose the wild, uncompromising instinct for holiness.
A Tearful Table That Refuses Bread Mixed with Leaven
Scripture compares sin to leaven. Just a small amount works through an entire batch of dough, swelling it and altering its nature. In the same way, sin that is tolerated eventually corrupts the essence of the whole community.
Pastor David Jang draws from the Passover and the Feast of Unleavened Bread in the Old Testament to remind believers that our identity is meant to be “unleavened.” Paul’s command to purge the old leaven is not moral fastidiousness or obsessive purity culture. It is more like emergency surgery to save a life.
Church discipline (purification) is not the same as a verdict handed down by a secular court. As Pastor David Jang interprets it, even behind the frightening phrase “to deliver such a one to Satan” lies a paradoxical love: that though the flesh may be destroyed, the spirit might be saved in the day of the Lord Jesus. This is not punishment for its own sake—it is rescue.
In the desperation of Israel’s failures—at Baal Peor, and in the wilderness where the dying had to look upon the bronze serpent—we glimpse a gospel pattern. The only antidote that can pull out the poisoned barb of counterfeit love is to face the real love of the cross.
This is also why Paul so sharply rebukes believers for hauling internal disputes before secular courts. Forgetting the church’s honored identity—those who will judge the world—and placing themselves under the world’s judgment is to drag the church’s glory into the dust. Pastor David Jang calls this an “identity crisis.” What meaning is there in winning a legal case if it costs the church its holiness?
Freedom Paid for in Blood—and the Weight of That Price
“You are not your own, for you were bought with a price.” This declaration is the summit of 1 Corinthians 6 and the heart of Christian ethics.
In Corinth, a pleasure-driven slogan circulated: “Food is meant for the stomach and the stomach for food.” The body was treated as nothing more than a tool for satisfying appetite. But Pastor David Jang—following Paul’s argument—shatters this hollow dualism. Our bodies are members of Christ and temples of the Holy Spirit.
Modern society shouts, “My body is mine,” insisting every pleasure is a right. With a single tap on a smartphone we can access pornography; behind anonymity we can discharge desire without restraint. In this digital Corinth, it is easy to lose our way.
Right here, Pastor David Jang’s meditation presses a heavy question into our hands: To whom are your hands and feet united today? To what are your eyes and ears joined? Just as the one who unites with a prostitute becomes “one body,” the one who unites with the Lord becomes “one spirit.”
Freedom is not the same as indulgence. As Scripture says, “All things are lawful, but not all things are helpful.” True freedom is the ability to limit oneself—to refuse slavery to impulse. Because our bodies were purchased at the staggering cost of Christ’s blood, we can no longer live as servants of desire.
Ultimately, the message Pastor David Jang draws from 1 Corinthians is a message of restoration: rebuilding broken walls, purging leaven, and breaking the bread of sincerity and truth. A community that is distinct from the world without hating the world; that hates sin while refusing to abandon sinners; that practices the cruciform love that holds together holiness and mercy.
Today, what fragrance rises from the sanctuary of your life?
누가복음 16장에 나타난 ‘불의한 청지기’와 ‘부자와 나사로’의 이야기는 흔히 별개의 교훈으로 다뤄지곤 합니다. 하지만 장재형 목사(올리벳대학교)는 이 두 비유가 하나의 일관된 논리로 연결되어 있다는 점을 거듭 역설합니다. 지상에서의 자원 관리라는 현실적 문제와 사후의 영원이라는 궁극적 세계가 서로 충돌하는 것이 아니라, 오히려 유한한 오늘의 선택이 영원의 거처를 결정한다는 긴밀한 상관관계를 맺고 있다는 분석입니다. 소유의 양 자체보다 중요한 것은 그 소유를 이웃에게 어떻게 흘려보내느냐이며, 이것이 곧 자신이 속한 세계를 정의하게 됩니다.
옳지 않은 청지기 비유는 도덕적 완벽함이 아닌, 시간의 유한함을 깨달은 자의 종말론적 결단을 조명합니다. 그는 자신에게 허락된 시간이 얼마 남지 않았음을 직감하고, 현재의 자원을 활용해 미래의 관계를 준비합니다. 여기서 장재형 목사가 포착한 핵심은 인간이 가진 모든 것은 ‘소유’가 아닌 ‘위탁’된 것이라는 점입니다. 재물과 재능, 지식은 주인이 잠시 맡긴 도구일 뿐입니다. 따라서 우리는 스스로에게 질문해야 합니다. 오늘이라는 시간을 단순히 나의 안락을 위해 소모하고 있는지, 아니면 타인의 내일을 여는 통로로 사용하고 있는지를 말입니다.
이러한 맥락에서 부자와 나사로의 이야기는 부유함 자체를 죄악시하는 단순한 구도를 넘어섭니다. 성경 속 아브라함이나 욥 역시 거부였으나 그들은 하나님 앞에서 올바른 태도를 견지했습니다. 문제는 부가 가져오는 ‘무감각의 환각’에 있습니다. 풍요로움이 주는 자기충족감은 타인의 고통에 귀를 닫게 만듭니다. 비유 속 부자의 죄는 폭정이 아니라 철저한 무관심이었습니다. 문 바로 앞에서 신음하는 나사로를 외면한 것이 그의 본질적인 죄였습니다. 신앙의 진정성은 멀리 있는 이상이 아니라 바로 우리 집 문턱에서 시험받는 법입니다.
장재형 목사는 이 ‘부자’의 개념을 현대의 영적 자산으로까지 확장합니다. 성경을 마음껏 읽고 체계적인 훈련을 받으며 안전한 공동체에서 신앙생활을 하는 것 자체가 일종의 부요함입니다. 그러나 이러한 영적 풍성함은 때로 ‘거룩한 언어’ 뒤에 숨어 더 깊은 교만과 무관심을 낳기도 합니다. 아무리 깊은 신학적 논의를 즐겨도 문 앞의 나사로를 지나치며 가책을 느끼지 못한다면, 그 영적 자산은 축복이 아닌 심판의 근거가 될 수 있습니다. 사역자들에게 “우리는 모두 부자”라고 말하는 것은 권위가 아닌 무거운 책임을 상기시키는 경고인 셈입니다.
사후 세계에서 일어난 두 사람의 역전은 지상에서의 삶이 이미 그 결과를 내포하고 있었음을 보여줍니다. 예수께서는 인간을 현재의 찰나에만 머물게 하지 않고 영원의 축으로 이끄십니다. 오늘의 사소한 선택이 습관이 되고, 그 습관이 인격으로 굳어져 결국 우리가 어느 나라에 속한 사람인지를 증명하게 됩니다. 뒤늦게 음부에서 나사로를 알아본 부자의 요청에 아브라함은 넘을 수 없는 구렁텅이를 언급합니다. 이는 회개의 기회가 영원하지 않음을 시사합니다. 사랑에는 분명한 타이밍이 있으며, 오늘 실천해야 할 선행을 내일로 미루는 것은 복음의 엄중함을 간과하는 일입니다.
또한 부자가 형제들을 위해 표적을 구했을 때 아브라함은 이미 우리에게 ‘모세와 선지자들’이 있다고 답합니다. 이는 기록된 말씀의 충분성을 뜻합니다. 인간은 흔히 기적적인 체험을 갈망하며 불순종을 변명하지만, 장재형 목사는 신앙의 본질이 기적을 쫓는 눈이 아니라 말씀에 순종하는 마음에 있다고 강조합니다. 표적은 마음을 강제로 변화시키지 못합니다. 진정한 회심은 기적이 아니라 말씀 앞에서 자신을 온전히 내려놓을 때 일어납니다. 혈통이나 종교적 이름표가 구원을 담보하는 것이 아니라, 은혜가 삶으로 흘러나오는 열매만이 그 증거가 됩니다.
사회적 책임 측면에서 교회는 하나님의 사랑이 세상으로 번져 나가는 통로가 되어야 합니다. 장재형 목사는 오늘날 교회가 경계해야 할 현상으로 ‘영적·물적 자산의 사유화’를 꼽습니다. 나눔은 단순한 자선이 아니라 공동체적 사명이자 구조적 결단이어야 합니다. 특히 문서 사역이나 교육 지원과 같은 구체적인 실천은 지식의 불균형을 해소하고 영적 양식을 나누는 청지기 정신의 발현입니다. 한쪽의 풍요가 정체될 때 다른 쪽의 결핍이 발생하는 현상은 공동체 전체의 양심에 호소하는 거울이 됩니다.
비유 속에서 나사로가 원했던 것은 거창한 배려가 아니라 ‘부스러기’였습니다. 이는 우리가 작은 사랑조차 실천하지 못하는 이유로 “가진 게 없다”는 핑계를 대는 것을 부끄럽게 만듭니다. 냉수 한 그릇, 짧은 기도, 한 권의 책과 같은 작은 행위들이 하나님 나라의 가치로는 더 크게 평가될 수 있습니다. 또한 고통 속에서 혀를 적셔달라는 부자의 호소는 우리가 지상에서 언어의 청지기로서 어떻게 살았는지를 돌아보게 합니다. 누군가를 살리는 말을 했는지, 아니면 무관심과 조롱의 언어로 상처를 주었는지가 결국 우리의 영적 현주소를 말해줍니다.
장 프랑수아 밀레의 ‘이삭 줍는 여인들’은 이 비유를 시각적으로 잘 보여줍니다. 수확의 풍요 뒤에 남겨진 이삭을 줍는 여인들의 구부정한 자세는 신앙의 본질이 겸손한 자세에 있음을 말해줍니다. 현대 사회는 디지털 기기를 통해 타인의 고통을 더 가깝게 접하지만, 그만큼 감각은 마비되기 쉽습니다. 장재형 목사가 강조하는 ‘하늘의 시선’은 바로 이 무뎌진 감각을 회복하는 것입니다. 하늘을 바라보는 자만이 땅의 신음을 외면하지 않습니다. 구원은 인간의 공로가 아닌 은혜로 얻는 것이지만, 그 은혜를 진정으로 체험한 자는 반드시 타인을 향한 새로운 삶을 살게 됩니다.
결국 부자와 나사로의 비유는 우리 각자에게 “지금 당신의 문 앞에 있는 이는 누구인가”라는 질문을 남깁니다. 영생은 죽음 이후의 입장권이 아니라 현재를 변화시키는 강력한 힘입니다. 영원을 믿는 자는 오늘의 물질과 시간, 언어를 대하는 방식이 달라질 수밖에 없습니다. 거창한 선언보다 중요한 것은 지금 당장 문을 열고 나사로를 발견하는 실천입니다. 내 안의 무관심을 깨우고 말씀을 구체적인 행동으로 번역해 나가는 과정, 그것이야말로 이 시대를 살아가는 청지기들에게 요구되는 진정한 지혜입니다.
요한복음 21장은 종종 본문에 덧붙여진 후일담처럼 오해되지만, 실상은 부활 신앙이 개인의 일상과 공동체의 방향을 어떻게 재편하는지를 가장 구체적으로 보여 주는 결말부다. 이미 20장에서 기록 목적이 분명히 선언되었음에도 21장이 존재하는 이유는, 부활이 교리적 확증에 머무르지 않고 삶의 좌표를 다시 설정하는 출발점임을 밝히기 위함이다. 장재형(Olivet University 설립)목사는 이 장을 베드로 개인의 감정적 회복 이야기로 축소하지 않는다. 그는 요한복음 21장을 통해, 부활 이후 공동체가 어떤 기준을 따라 나아가야 하는지, 그리고 그 항해를 가능하게 하는 동력이 무엇인지를 보여 주는 신앙의 나침반으로 읽는다. 부활하신 예수는 제자들의 실패를 분석하는 데서 멈추지 않고, 그 실패의 자리에서 새로운 길을 여시며, 그 길의 핵심을 “나를 따르라”는 한 문장으로 제시하신다. 이 때문에 요한복음 21장은 복음서의 마지막 장이면서 동시에 교회의 서문처럼 기능한다.
갈릴리 바다에서 시작되는 장면은 의도적으로 일상적이다. 성전도, 회당도, 군중이 모인 광장도 아니다. 밤새 반복되는 노동의 현장, 생계를 위한 자리에서 이야기는 다시 열린다. 베드로와 제자들이 그물과 배로 돌아간 모습은 믿음의 포기가 아니라, 방향을 잃은 영혼이 익숙한 언어로 몸을 옮긴 자연스러운 선택일 수 있다. 장재형목사는 이 장면을 ‘열심은 있으나 방향이 흐려진 상태’로 읽는다. 성실하지만 공허한 밤이다. 제자들은 밤새 애썼지만 아무것도 얻지 못한다. 요한복음에서 ‘밤’은 종종 분별의 상실, 두려움, 인간 중심적 계산을 상징한다. 부활을 경험한 이후에도 제자들은 여전히 어둠의 리듬에 머물 수 있다. 그러나 새벽, 빛이 번져 오는 시간에 예수는 해변에 서 계신다. 부활은 어둠을 부정하는 감상적 선언이 아니라, 어둠을 가로질러 실제로 아침을 여는 능력임을 이 대비는 선명하게 보여 준다.
예수의 첫마디는 “고기가 있느냐”는 질문이다. 이는 추궁이 아니라 현실을 직면하게 하는 초대다. “없습니다.” 이 짧은 응답에는 좌절과 한계, 방향 상실이 모두 담겨 있다. 장재형목사는 신앙의 시작을 ‘무엇을 가졌는가’가 아니라 ‘무엇이 없는가’를 고백하는 데서 찾는다. 자기 확신이 무너질 때 비로소 말씀의 자리가 열린다. 이어지는 “그물을 오른편에 던지라”는 명령은 기술적 조언이 아니라, 순종의 방향을 바꾸라는 요청이다. 같은 바다, 같은 그물이지만, 말씀에 대한 반응이 달라질 때 결과의 차원이 달라진다. 그물은 찢어질 듯 차지만 찢어지지 않는다. 풍성함과 질서, 확장과 연합이 동시에 나타난다.
장재형목사는 이 장면을 ‘방향의 신학’으로 해석한다. 실패의 원인이 노력의 부족이 아니라 방향의 불일치일 수 있다는 통찰이다. 삶의 문제를 언제나 ‘더 열심히’로 해결하려는 태도는 신앙을 소진시키지만, 예수의 말씀은 “어디를 향해 던질 것인가”를 묻게 한다. 신앙의 방향은 결국 관계의 방향이다. 누구의 음성을 기준으로 삼는가, 무엇을 성공이라 정의하는가가 삶의 궤도를 결정한다. 요한복음 21장의 기적은 물고기의 양을 늘린 사건이 아니라, 부활하신 주님이 삶의 기준축을 자기 자신에게로 다시 맞추라고 요청하신 사건이다. 장재형목사가 강조하듯, 신앙은 노력의 누적이기 이전에 방향에 대한 순종이다.
이 기적은 사역의 시작과 끝을 잇는 상징적 반복이기도 하다. 예수는 처음 제자들을 부르실 때 그물과 고기의 언어를 사용하셨고, 부활 이후에도 같은 언어로 그들을 다시 부르신다. 장재형목사는 이를 소명의 재점화라고 부른다. 부활은 과거를 지우는 힘이 아니라, 과거의 부르심을 더 깊은 사랑 위에서 다시 살려 내는 능력이다. 베드로에게 부활은 단순한 재도전이 아니라, 관계의 깊이가 달라진 새로운 출발이다. 같은 바다, 같은 배이지만, 이제는 말씀이 중심축이 된다.
153마리라는 구체적 숫자 또한 의미를 가진다. 이는 기적을 모호한 감동으로 흘려보내지 않고, 현실의 무게로 붙잡아 둔다. 부활 신앙은 추상적 열광이 아니라, 셀 수 있는 열매와 감당해야 할 책임을 동반한다. 풍성함은 축복이지만 동시에 공동체적 노동을 요구한다. 장재형목사가 은혜와 사명을 분리하지 않는 이유가 여기에 있다. 부활의 능력은 개인을 고립시키지 않고 공동체의 몸으로 움직이게 한다.
사랑받는 제자가 “주님이시다”라고 말하는 순간도 중요하다. 결과가 주님을 증명하는 것이 아니라, 주님을 알아보는 눈이 결과의 의미를 바꾼다. 베드로가 바다로 뛰어드는 행동에는 열정과 함께 과거를 직면하려는 결단이 담겨 있다. 장재형목사는 부활을 ‘기억을 재배열하는 능력’으로 설명한다. 과거는 지워지지 않지만, 과거가 우리를 규정하는 방식은 바뀐다. 부활은 죄책의 사슬을 끊되, 책임의 길은 유지하신다.
숯불가 장면은 요한복음 18장의 기억을 불러낸다. 부인의 장소가 회복의 장소로 변한다. 예수는 실패를 삭제하지 않고, 실패의 자리를 새로운 출발점으로 바꾸신다. “와서 먹으라.” 설교보다 먼저 식탁이 놓인다. 부활 공동체는 먼저 먹이고 돌본 뒤 사명을 맡는다. 장재형목사가 교회를 말할 때 돌봄을 강조하는 이유도 여기에 있다.
세 번의 “나를 사랑하느냐”라는 질문은 심문이 아니라 관계의 재정립이다. 사랑은 감정이 아니라 책임으로 번역된다. “내 양을 먹이라”는 말씀은 리더십의 기준을 능력이나 성취가 아닌 사랑으로 재정의한다. 진실한 고백 위에 세워진 사명은 공동체를 살린다.
예수는 베드로에게 미래의 길도 암시하신다. 이는 제자도의 낭만을 걷어 내고 십자가의 현실을 보여 준다. 부활의 능력은 고난을 제거하는 힘이 아니라, 고난 속에서도 길을 잃지 않게 하는 힘이다. “나를 따르라”는 명령은 과거를 책망하는 소리가 아니라 미래를 비추는 등불이다.
비교의 유혹 앞에서 예수는 단호하게 말씀하신다. “너는 나를 따르라.” 부활 공동체는 동일한 길을 복제하는 조직이 아니라, 다양한 부르심이 한 주님 안에서 조화를 이루는 몸이다. 요한복음 21장은 소문이 아닌 증언, 추측이 아닌 기록 위에 공동체를 세운다.
결국 이 장은 방향의 문제를 묻는다. 열심이 곧 순종은 아니다. 방향이 맞을 때 작은 순종은 큰 열매로 이어진다. 장재형목사가 던지는 질문은 분명하다. “지금 나는 누구의 말씀을 기준으로 움직이고 있는가.” 이 질문에 응답할 때, 신앙은 자기증명에서 신뢰로 이동한다.
요한복음 21장은 부활의 능력이 오늘의 삶을 어떻게 움직이는지 보여 준다. 그 능력은 방향을 잃은 사람에게 길을 주고, 실패한 사랑을 회복시키며, 공동체를 사명으로 다시 세운다. 부활 이후의 삶은 되돌아감이 아니라 새 출발이다. 우리의 밤은 지나갔고, 새벽은 이미 밝았다. 해변에 서 계신 주님은 오늘도 묻고 부르신다. “그물을 던지라.” “내 양을 먹이라.” “나를 따르라.”
메타 설명: 고린도전서 9장 19–27절을 따라 장재형목사가 밝힌 ‘종 된 자유인’의 역설과 케노시스 사랑, 복음을 위한 선교적 유연성, 썩지 않을 면류관을 향한 자기 절제의 영성을 매끄럽게 해설합니다. 오늘의 삶과 목회 현장에 곧바로 적용할 수 있도록 신학적 깊이와 실천적 통찰을 함께 제공합니다.
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종이 된 자유인, 썩지 않을 면류관을 향한 경주라는 주제는 고린도전서 9장 19–27절을 해석하는 장재형목사의 안내를 가장 농축된 문장으로 요약한다. “내가 모든 사람에게서 자유로우나 스스로 모든 사람에게 종이 된 것은 더 많은 사람을 얻고자 함이라.” 이 절은 바울 개인의 다짐을 넘어, 복음이 열어 주는 자유의 본질과 목적을 한꺼번에 보여주는 선언이다. 장재형 목사는 여기서 ‘자유’와 ‘종 됨’을 서로 상쇄되는 개념으로 보지 않는다. 오히려 주님의 케노시스—자기 비움—안에서 두 개념이 하나로 합쳐진다고 설명한다. 신자는 죄와 율법의 속박에서 풀려났기에 참으로 자유롭다. 그러나 그 자유는 내 욕망을 관철하는 권리가 아니라 사랑하기 위해 기꺼이 스스로를 묶을 수 있는 능력이다. 예수 그리스도께서 먼저 자신을 낮추셨기에, 그 사랑에 붙들린 이는 타인을 위해 종이 되는 선택을 기쁨으로 받아들인다. 이것이 장재형목사가 거듭 강조하는 그리스도인의 핵심 정체성, 곧‘종 된 자유인’이다.
이 정체성은 신학적 공론이 아니라 그리스도의 삶에서 출발한다. 장재형목사는 ‘아래로부터의 그리스도론’을 불러와 빌립보서2장의 노래—케노시스—를 신자의 실천 동력으로 제시한다. 하나님의 아들이신 그리스도께서는 동등됨을 특권으로 붙잡지 않고 스스로 비워 종의 형체를 입으셨다. 이 낮아지심은 수동적 굴복이 아니라 능동적 사랑의 선택이며, 바로 그 능동성 때문에 영광으로 높아졌다. 그러므로 ‘종 됨’은 패배나 열등이 아니라 사랑의 자유가 드러나는 가장 영광스러운 방식이다. 바울이 복음을 전할 권리를 주장할 수 있었음에도 내려놓은 까닭, 보상보다 한 영혼을 더 크게 여긴 까닭이 여기에 있다. 복음 전파는 바울에게 직업이 아니라 소명, 선택이 아니라 응답, 계산이 아니라 사랑이었다.
이 지점에서 장재형목사는 자유가 ‘사랑의 멍에’로 변하는 과정을 선명하게 보여 준다. 바울은 자신이 가진 권리를 내려놓고 유대인에게는 유대인처럼, 율법 아래 있는 자에게는 그들처럼, 율법 없는 자에게는 그들처럼, 약한 자에게는 약한 자처럼 되었다. 이는 기회주의적 처세가 아니라 복음을 위한 다리가 되는 일이다. 동시에 그는 “내가 하나님의 율법에서 벗어난 자가 아니요, 그리스도의 율법 아래 있는 자”임을 분명히 했다. 선교적 유연성의 중심에는 변하지 않는 기준, 곧 사랑으로 요약되는 ‘그리스도의 율법’이 있다. 장재형목사는 바울이 회당의 언어를 존중하면서도 시장의 언어로도 복음을 말할 줄 알았다고 해설한다. 동일한 복음이 서로 다른 문화권의 귀에 들리게 하려면, 선교자는 타인의 세계로 들어갈 용기가 필요하다. 바울의 ‘변화’는 본질의 타협이 아니라 전달의 최적화였고, 그 동력은 한 영혼이라도 더 얻으려는 사랑이었다.
사랑은 윤리적 판단을 넘어 공동체적 배려로 구체화된다. 우상의 제물 문제로 흔들리던 고린도 교회에서 바울은 “영원히 고기를 먹지 않겠다”고까지 말한다. 자유는 언제나 사랑의 덕을 세우기 위해 스스로 제한된다. 장재형목사는 ‘자유의 자기 제한’이 기독교 윤리의 심장부라고 설명한다. 강한 자의 자유가 약한 지체의 양심을 보호하기 위해 기꺼이 접히는 것, 이것이 제자도의 성숙이다. 물어야 할 질문은 “할 권리가 있는가”가 아니라 “형제를 세우는가”이다. 바울의 삶에는 이 질문이 일상의 판단 기준으로 작동했다. 도망 노비 오네시모를 위해 주인 빌레몬에게 편지를 쓰고, 빚이 있다면 자신이 갚겠다고 약속한 사건은 복음 진리가 관계와 재정, 체면 같은 현실의 지점까지 내려와 몸이 되는 순간을 보여 준다. 장재형목사는 이처럼 ‘사랑으로 좁아지는 자유’가 결국 공동체를 살리고 복음을 밝히 드러낸다고 말한다.
고린도전서 9장 24절부터 바울의 어조는 선교적 유연성에서 곧장 운동선수의 치열함으로 옮겨간다. 고린도 사람들에게 경기장은 상징적 공간이었다. 이스미아 제전의 달리기와 권투, 승자의 월계관은 도시의 자부심이었다. 바울은 익숙한 이미지를 끌어와 말한다. 모두가 달리지만 상은 한 사람에게 돌아간다. 그러니 상을 얻도록 달려라. 세상의 선수도 썩어 없어질 관을 위해 절제한다면, 영원한 면류관을 향한 신자는 얼마나 더 철저해야 하겠는가. 여기서 ‘절제’는 금욕의 폐쇄가 아니라 목표를 향한 집중이다. “나는 목표 없이 달리지 않고, 허공을 치듯 싸우지 않는다.” 방향 없는 열심은 소모이고, 목적 없는 훈련은 자기만족일 뿐이다. 장재형목사는 신앙의 경주가 방향(복음의 영광), 방법(사랑의 법), 동력(케노시스의 은혜)을 동시에 요구한다고 정리한다. 이 셋 중 하나라도 떨어지면 경주는 빗나간다.
경주자의 이미지는 곧 ‘몸’을 다루는 훈련으로 이어진다. “내가 내 몸을 쳐 복종하게 한다”는 고백은 육체만이 아니라 습관과 감정, 욕망과 시간 사용까지 포괄한다. 장재형목사는 자기 절제를 생활의 언어로 번역한다. 말씀 앞에 시간을 먼저 드리는 배치, 관계에서 ‘빨리 말하고 느리게 듣는’ 본능을 뒤집는 연습, 보이지 않는 자리에서 정결을 지키기 위해 매체 사용을 절제하는 선택, 재정에서 복음을 우선순위에 두는 결단, 쉼을 통해 사명을 지속 가능하게 만드는 리듬—제자도의 절제는 삶 전체를 복음의 방향으로 재편성하는 일이다. 이 훈련은 율법주의가 아니라 사랑의 경제학이다. 더 좋은 것을 위해 좋은 것을 내려놓는 지혜, 더 많은 사람을 얻기 위해 나의 편의를 포기하는 용기, 복음의 속도를 위해 나의 속도를 조절하는 절제, 이것이 장재형목사가 말하는 경건의 훈련이다.
그러나 가장 서늘한 문장은 마지막에 온다. “내가 남에게 복음을 전하고 자신은 버림을 당할까 두려워한다.” 바울은 자기 확신으로 마침표를 찍지 않는다. 그는 은혜 안에서 담대했지만 성찰 앞에서는 떨고 있었다. 장재형목사는 이 떨림을 영적 지도자에게 주어진 거울이라 부른다. 복음의 길을 안내하면서 정작 그 길에서 벗어날 수 있다는 가능성—이 자각이 제자도를 곧게 지킨다. 여기에는 자기 비하도, 자기 과신도 없다. 은혜 앞에 서는 정직함만이 있다. 은혜는 방종의 면허가 아니라 성결의 동력이고, 자유는 독주의 특권이 아니라 사랑의 책임이다. 그래서 오늘의 교회는 ‘능력’보다 ‘복종’을, ‘성과’보다 ‘성실’을, ‘속도’보다 ‘진실’을 다시 배워야 한다. 복음은 과거의 사건이자 미래의 약속이지만, 그것이 오늘 나의 시간표와 언어, 소비와 관계를 뚫고 들어오지 못하면 우리는 결국 허공을 칠 뿐이다.
장재형목사는 바울의 마음을 로마서에서 다시 비춘다. 어떤 것도 그리스도의 사랑에서 우리를 끊을 수 없다는 확신 직후, 이스라엘의 구원을 위해 자신이 저주를 받아도 좋다는 탄식이 이어진다. 확신과 탄식, 담대함과 눈물—이 긴장 속에서 바울은 길을 걸었다. 이것이 케노시스가 내면화된 사람의 정동이다. 확신 때문에 거만하지 않고, 탄식 때문에 위축되지 않는다. 확신은 방향을 고정하고 탄식은 사랑을 깊게 한다. 그래서 그는 유대인에게는 유대인처럼, 약한 자에게는 약한 자처럼 다가갈 수 있었다. 사랑이 본능을 규정하면 자유는 넓어지고, 자유가 사랑과 결합하면 절제는 기쁨이 된다. 사랑, 자유, 절제의 삼중주가 신자의 하루를 구성할 때 우리의 경주는 흔들려도 밀리지 않는다.
오늘의 현실은 바울 시대와 다르지만 핵심은 같다. 플랫폼과 알고리즘, 이미지와 속도가 지배하는 환경에서 자유는 ‘보여줄 권리’로, 절제는 ‘잃을 것’으로 오해되기 쉽다. 그러나 장재형목사는 복음의 해석자(설명하는 사람)가 곧 증인(보여 주는 사람)이어야 한다고 상기시킨다. 증인은 말하기 이전에 보고, 보기 이전에 붙들린 사람이다. 케노시스의 사랑에 붙들리면, 우리는 소유로 자신을 증명하는 대신 비움으로 사랑을 증언한다. 인정 욕구를 절제하는 대신 은혜를 신뢰하고, 내 취향의 확장을 멈추는 대신 타인의 구원을 위해 공간을 낸다. 공동체 안에서는 강한 자의 자유가 약한 자의 양심을 살피는 배려로 표현되고, 세상 속에서는 선한 양심과 예의가 복음의 통로가 된다. 복음은 언제나 ‘그들’의 언어로 들려야 하기에, 우리는 우리의 언어를 낮추고 그들의 언어를 배운다. 이 낮춤이 바로 주님이 세상을 사랑하신 방식이었다.
결국 썩지 않을 면류관은 단순한 결과가 아니라 삶의 방향이다. 면류관을 얻기 위한 계산법이 아니라 면류관을 향해 시간을 배치하고 습관을 조직하는 원리다. 바울이 말한 절제, 경주, 복종은 모두 사랑으로 정의되는 자유의 운동학이다. 상을 얻도록 달리는 사람은 이미 상을 닮아간다. 그의 시간표에는 주님의 마음이 우선 배정되고, 그의 어휘에는 사람을 살리는 말이 먼저 떠오르며, 그의 선택에는 복음이 앞선다. 그가 사는 집과 일터와 교회와 도시가 그 패턴을 따라 조금씩 달라진다. 장재형목사는 바로 이런 변화—케노시스의 사랑이 내면을 채우고, 사랑이 자유를 규정하며, 자유가 절제를 기쁘게 만들고, 절제가 삶을 복음의 방향으로 재배열하는 변화—가 고린도전서 9장 19–27절이 오늘 우리에게 요구하는 제자도의 실체라고 강조한다.
그러므로 우리는 다시 시작할 수 있다. 자유를 내세우는 시대에 자유를 주장하기보다 사랑을 선택하고, 성과를 독촉하는 시대에 성실을 견디며, 속도를 찬양하는 시대에 방향을 고정하자. 유대인에게는 유대인처럼, 약한 자에게는 약한 자처럼, 그러나 언제나 그리스도의 율법 아래 있는 자로서 한 영혼이라도 더 얻기 위해 스스로 종이 되는 길을 택하자. 달리기는 계속된다. 허공을 치지 않으려면 오늘도 케노시스의 주님을 바라보며 몸을 쳐 복종하게 하라. 썩지 않을 면류관은 먼 상급이 아니라 오늘의 방향이다. 그 방향을 붙드는 한 우리의 걸음은 비록 흔들려도 흐트러지지 않는다. 장재형목사가 펼쳐 보이는 이 길, ‘종 된 자유인’의 길은 곧 주님의 길이며 지금 여기서 우리가 걸어야 할 길이다.
I. La signification des « temps et moments » dans une perspective eschatologique
Le passage de 1 Thessaloniciens 5.1-2 – « Pour ce qui est des temps et des moments, vous n’avez pas besoin, frères, qu’on vous en écrive. Car vous savez bien vous-mêmes que le jour du Seigneur viendra comme un voleur dans la nuit » (1 Th 5.1-2) – illustre bien l’une des dimensions majeures de la foi de l’Église primitive. De façon générale, l’Église du premier siècle croyait que Jésus-Christ, après son ascension, reviendrait prochainement, nourrissant ainsi un sentiment d’imminence eschatologique. Immédiatement après la résurrection et l’ascension du Christ, les disciples se demandaient avec grand intérêt : « Quand reviendra-t-Il ? » Parmi eux, l’Église de Thessalonique était particulièrement fervente dans sa réflexion et sa discussion autour de cette question eschatologique. Lors du séjour d’environ trois semaines de l’apôtre Paul à Thessalonique (Ac 17), où il enseignait dans la synagogue, les membres de cette communauté échangeaient régulièrement avec lui sur la sotériologie (la doctrine du salut) et sur l’eschatologie (la doctrine de la fin des temps). Ainsi, Paul écrit : « Pour ce qui est des temps et des moments, vous n’avez pas besoin, frères, qu’on vous en écrive » (1 Th 5.1), reconnaissant que leur compréhension de ces notions de « temps » (chronos) et de « moments » (kairos) était déjà très avancée.
Alors, quelle est la différence entre chronos et kairos ? En grec, chronos désigne le temps « quantitatif ». Il renvoie à la durée, au déroulement, à la succession du temps, comme on le constate dans les termes « chronologie » (chronology) ou « chronomètre » (chronometer) : c’est l’idée d’un temps mesuré et découpé. À l’inverse, kairos désigne un moment « qualitatif », un instant particulier qui marque un changement essentiel. Par exemple, le jour d’un mariage n’est pas simplement une date de plus dans le flux ordinaire du calendrier : c’est une journée spéciale qui transforme la vie d’une personne de manière qualitative. Voilà ce que suggère kairos. Les croyants de Thessalonique savaient qu’au cours du chronos de l’Histoire, il y aurait le kairos du retour du Seigneur, à savoir « le jour du Seigneur ». Ce jour était imminent à leurs yeux.
Dans l’Écriture, l’expression « le jour du Seigneur » correspond dans l’Ancien Testament au « jour de Yahweh » ou « jour de l’Éternel », et dans le Nouveau Testament au « jour de Jésus-Christ » ou « jour de la venue du Seigneur ». Jésus-Christ a déjà accompli l’œuvre du salut sur cette terre ; sa résurrection et son ascension ont ouvert le chemin de l’histoire du salut. Cependant, il est également écrit : « Ce Jésus, qui a été enlevé au ciel du milieu de vous, reviendra de la même manière » (Ac 1.11). Ainsi, l’Église vit dans l’espérance de ce « jour » futur, le jour de l’accomplissement final. La Bible ne présente donc pas une conception cyclique de l’histoire. Contrairement à certaines pensées orientales qui voient l’histoire comme une répétition sans fin – semblable au cycle des saisons (printemps, été, automne, hiver) –, l’Écriture sainte annonce une vision linéaire de l’histoire : elle débute à un point précis (la création), elle progressera vers une fin, et à l’ultime achèvement surviendront le jugement dernier et l’avènement de « nouveaux cieux et d’une nouvelle terre ».
Dire que l’Église de Thessalonique possédait une foi eschatologique signifie qu’elle vivait constamment dans la tension et la joyeuse espérance du « retour proche du Seigneur ». Malgré les persécutions, les épreuves et les fausses doctrines qui pullulaient, ils gardaient fermement cette conviction : « Très bientôt, Jésus-Christ viendra effacer nos souffrances et rendre justice. » Comme l’a déclaré Jésus en Matthieu 10.23 : « Quand on vous persécutera dans une ville, fuyez dans une autre… Vous n’aurez pas achevé de parcourir toutes les villes d’Israël que le Fils de l’homme sera déjà venu. » Aux yeux des Thessaloniciens, le retour du Seigneur pouvait survenir à tout moment. De plus, dans Actes 1, l’ange déclare : « Hommes de Galilée, pourquoi restez-vous là à regarder au ciel ? Ce Jésus qui vous a été enlevé… reviendra de la même manière. » Cette promesse était la force motrice de l’Église primitive.
Dans ce contexte, Paul, dans ses deux épîtres aux Thessaloniciens, apporte des réponses précises aux questions eschatologiques. Au chapitre 4 de la première épître, il explique le sort des croyants décédés (résurrection des morts et enlèvement) ; au chapitre 5, il leur rappelle : « Vous savez bien vous-mêmes que le jour du Seigneur viendra comme un voleur dans la nuit » (1 Th 5.2), soulignant qu’ils ne doivent pas se laisser obséder par des calculs de dates. Bien que Paul ne leur indique pas le « temps et le moment » exacts, il ne leur demande pas pour autant d’attendre passivement dans l’ignorance. Au contraire, il réitère l’enseignement de Jésus à propos d’un avènement « comme un voleur dans la nuit » (cf. Mt 24, Lc 17, Mc 13, dits « petits apocalypses »), affirmant que les Thessaloniciens connaissent déjà cela. Par ailleurs, la parabole du figuier enseigne la nécessité de discerner les signes des temps, même si « le Fils lui-même ne connaît pas ce jour » (Mt 24.36) : toute tentative de déterminer une date précise est donc vaine.
Ainsi, l’eschatologie est l’un des trois grands piliers de la doctrine chrétienne. Tout comme la christologie et la sotériologie sont indispensables pour forger la foi et la vie du croyant, l’eschatologie constitue le cœur de notre compréhension du temps et de l’histoire en reliant présent et avenir. Depuis l’Église primitive, la question de la fin de l’histoire est abordée sous divers angles. Les théories du prémillénarisme, du postmillénarisme et de l’amillénarisme en sont des exemples. Le dispensationalisme prémillénariste détaille, entre autres, l’enlèvement, la grande tribulation et le millénium. Le postmillénarisme, lui, voit la progression de l’Évangile et l’expansion graduelle du règne du Christ sur terre, jusqu’à son retour. Quant à l’amillénarisme, il considère le « règne de mille ans » comme un symbole : la période actuelle de l’Église serait déjà le « règne spirituel » de Christ. Malgré des controverses théologiques, tous s’accordent sur un point : « Il y aura assurément une fin. » L’Église attend ce jour, se prépare à ce jour, et vit en tant que peuple de Dieu dans le temps présent.
L’Église de Thessalonique se posait aussi ces questions et Paul y répond dans ses lettres. Lors d’une visite de Timothée parmi eux, les croyants y revenaient sans cesse : « Quand le Seigneur reviendra-t-Il ? » Paul leur écrit alors 1 et 2 Thessaloniciens comme réponse. Cet échange montre à quel point il est précieux, pour la communauté, de poser clairement les questions de foi. L’exemple de l’Église de Corinthe est similaire : elle avait écrit à Paul à Éphèse pour éclaircir des points cruciaux (immoralité, viande sacrifiée aux idoles, dons spirituels, résurrection, etc.). Paul répond à travers 1 Corinthiens, un texte d’une richesse inestimable pour nous aujourd’hui. Il est possible que nous n’aurions pas reçu de tels écrits si les Corinthiens n’avaient pas interrogé Paul avec autant d’insistance. L’histoire de l’Église témoigne que la « dynamique des questions-réponses » est un processus essentiel pour consolider la foi.
Notons cependant que les Thessaloniciens ne basculèrent pas dans un extrémisme désordonné au sujet de la fin des temps. Au contraire, Paul constate qu’ils ont déjà une connaissance approfondie : « Pour ce qui est des temps et des moments, vous n’avez pas besoin… » (1 Th 5.1). Certes, certains prônaient peut-être un arrêt du travail en raison de l’imminence du jour du Seigneur, mais dans l’ensemble, la communauté continuait à s’engager, à prier et à exercer la vigilance, tout en conservant un bon équilibre (2 Th 3). Paul salue leur esprit équilibré et les exhorte à persévérer dans la vigilance et la tempérance.
Examinons de plus près 1 Thessaloniciens 5.2-3 : « Vous savez bien vous-mêmes que le jour du Seigneur viendra comme un voleur dans la nuit… À ce moment-là, la ruine fondra sur eux à l’improviste, comme les douleurs de l’enfantement surprennent la femme enceinte, et personne n’y échappera. » L’image du « voleur dans la nuit » est employée dans l’Ancien et le Nouveau Testament pour décrire un désastre, un jugement divin ou la venue du Seigneur qui s’abat soudainement. Cela suggère, d’une part, la dimension inattendue et funeste pour ceux qui ne sont pas prêts ; d’autre part, cela reflète l’enseignement de Jésus : « Seul le Père connaît ce jour » (Mt 24.36). En d’autres mots, l’homme ne peut le calculer.
À ce sujet, le pasteur David Jang souligne dans plusieurs sermons et écrits que le point central de l’eschatologie n’est pas de spéculer sur la date exacte, mais de « comprendre comment vivre aujourd’hui conformément à la volonté de Dieu ». Nous confions à Dieu le moment de ce jour et, tout en espérant pleinement le salut et le jugement parfaits qu’apportera la parousie (la venue du Seigneur), nous cherchons à vivre dès maintenant en « serviteurs fidèles et bons ». En effet, selon la parole de Matthieu 24.14 – « Cette bonne nouvelle du royaume sera proclamée dans le monde entier, pour servir de témoignage à toutes les nations. Alors viendra la fin » –, l’eschatologie nous rappelle prioritairement la « mission » de l’Église : répandre l’Évangile à tous les peuples. L’espérance de la fin n’invite pas l’Église à fuir le monde par peur, mais au contraire à se lever : « Veillez, soyez prêts, croissez dans la foi et l’amour, et annoncez l’Évangile jusqu’aux extrémités de la terre. »
C’est pour cela que la communauté de Thessalonique reçoit des éloges : elle n’était pas obsédée par le « calcul de la date du retour », mais vivait d’une ardeur sincère en Christ, entretenant une communion fraternelle saine. « Pour vous, frères, vous n’êtes pas dans les ténèbres, pour que ce jour vous surprenne comme un voleur » (1 Th 5.4) : Paul affirme que, parce qu’ils sont « fils de la lumière, fils du jour », la venue du Seigneur ne sera pas pour eux un événement « soudain », mais plutôt une rencontre attendue. Le pasteur David Jang insiste également sur cette vigilance et cette tempérance : ne pas céder à la peur panique, mais plutôt se préparer activement et de manière positive, ancrée dans l’Évangile.
Enfin, considérons l’application de l’eschatologie dans la vie personnelle. Tout être humain connaîtra un jour la mort physique : c’est la fin « personnelle ». En même temps, un jour, l’histoire de l’univers arrivera à son terme : c’est l’eschatologie « cosmique » et le retour du Seigneur. Paul exhorte l’Église à se préparer sans faillir, aussi bien à la mort individuelle qu’à la fin universelle. Comment ? Par la méditation continue de la Parole, la pratique de la foi et de l’amour. « Nous qui sommes du jour, soyons sobres, ayant revêtu la cuirasse de la foi et de l’amour, et ayant pour casque l’espérance du salut » (1 Th 5.8). Au milieu du combat spirituel, les soldats de Christ se protègent le cœur avec la foi et l’amour, et protègent leur tête avec « l’espérance du salut ». Il ne s’agit pas seulement de connaître la venue du Seigneur en théorie, mais de se fortifier intérieurement au moyen de la foi et de l’amour, et de garder une pensée claire grâce à l’espérance du salut. Ainsi, quelles que soient les épreuves, nous ne chancellerons pas.
Paul ajoute : « Vous êtes tous des fils de la lumière… » (1 Th 5.5). La lumière incarne la vérité. Autrement dit, ils demeurent dans la Parole de Dieu, regardent l’histoire au travers d’elle et vivent le présent dans la perspective de l’espérance eschatologique. Le « jour du Seigneur » peut bien venir comme un voleur dans la nuit : ils ne sont pas dans l’obscurité, car ils veillent avec des « lampes allumées », tel le groupe des dix vierges (Mt 25) qui attendaient l’époux. Ainsi, l’Église de Thessalonique est un exemple remarquable de « communauté eschatologique » loué dans le Nouveau Testament.
Si Paul a pu écrire : « Pour ce qui est des temps et des moments, vous n’avez pas besoin qu’on vous en écrive » (1 Th 5.1), c’est que l’Église de Thessalonique possédait une certitude et une compréhension déjà solidement établies de la fin de l’histoire. Elle ne craignait pas la fin de manière vague, n’était pas non plus égarée par de faux calculs. Elle poursuivait au contraire une saine eschatologie, basée sur une vision de l’histoire que couronnent l’espérance du retour du Seigneur et la mise en pratique de l’amour. Le pasteur David Jang rappelle souvent que l’eschatologie n’a pas vocation à alimenter la crainte ou à inciter à spéculer sur des dates ; son but est plutôt de nous faire réaliser « comment vivre chaque jour », et de fortifier notre rôle de peuple de Dieu dans le monde.
II. La nécessité de veiller et de vivre avec sobriété, et la mission de l’Église
Continuons en examinant 1 Thessaloniciens 5.4 et suivants : « Pour vous, frères, vous n’êtes pas dans les ténèbres… Nous qui sommes du jour, soyons sobres, ayant revêtu la cuirasse de la foi et de l’amour, et ayant pour casque l’espérance du salut » (1 Th 5.4-8). À partir de là, voyons comment la foi eschatologique de l’Église primitive se concrétisait en un style de vie et en une mission ecclésiale. Paul est explicite : « Pour vous, frères, vous n’êtes pas dans les ténèbres, pour que ce jour vous surprenne comme un voleur » (5.4). Cela signifie qu’à ceux qui se préparent et qui veillent, le jour du Seigneur ne saurait être un événement subit et effrayant. Certains se focalisent peut-être uniquement sur « la venue comme un voleur, imprévisible », mais Paul envisage la question tout autrement : « Puisque vous êtes dans la lumière, ce jour ne peut venir comme un voleur, car vous êtes déjà prêts. »
Cette idée fait écho à la parabole des dix vierges (Mt 25.1-13). Cinq vierges avaient préparé de l’huile, les cinq autres non. Quand l’époux arriva, celles qui étaient prêtes entrèrent avec lui ; les autres se retrouvèrent devant une porte fermée. Pour ces dernières, l’arrivée de l’époux fut une « venue comme un voleur ». Elles vécurent l’amertume d’être exclues, tandis que pour les vierges prévoyantes, ce n’était pas une surprise mais plutôt l’accomplissement tant attendu. L’Église de Thessalonique ressemble à ces jeunes filles prévoyantes : elle n’était ni envahie par l’angoisse ni prisonnière d’une attente oppressante. Elle s’appuyait fermement sur la promesse : « Le Seigneur viendra sûrement », et vivait dans la foi, l’amour et l’espérance, comme on porte une cuirasse et un casque.
Qu’entend-on concrètement par « veiller et vivre avec sobriété » ?
Veiller signifie refuser la négligence spirituelle. Celle-ci apparaît quand on oublie le Seigneur et qu’on se laisse distraire par les tentations du monde. Sans la conscience eschatologique, on glisse vite vers les valeurs matérialistes ou la passivité spirituelle. Mais celui qui attend fermement le retour du Christ se rappelle constamment : « Je suis un serviteur du Seigneur, je rendrai compte un jour devant Lui. » Comme dans la parabole des talents (Mt 25.14-30), le maître revient tôt ou tard, et fait le bilan avec ses serviteurs. C’est là le cœur de l’eschatologie : elle ne dit pas « Un jour lointain, nous serons au ciel ; peu importe ce qui se passe ici ». Elle déclare plutôt : « C’est aujourd’hui, dans chaque instant, que tu dois servir fidèlement, car le Seigneur viendra et nous demanderons compte de tout. » En conséquence, les membres de l’Église de Thessalonique ne se détournaient pas de leurs responsabilités quotidiennes. Bien au contraire, ils travaillaient avec diligence et vivaient dans la société, tout en nourrissant une vive attente du Seigneur.
Vivre avec sobriété implique la maîtrise de soi et l’examen de conscience. Comme le dit Paul, ceux qui s’enivrent boivent la nuit (5.7), ceux qui dorment spirituellement se laissent aller à l’inconscience. Mais en tant qu’enfants de la lumière, nous affirmons : « Nous sommes du jour ; nous ne suivrons pas aveuglément les tendances du monde. » Paul souligne alors la « cuirasse de la foi et de l’amour ». Pour protéger la partie vitale de l’âme (le cœur), il faut la foi et l’amour : la foi, c’est s’appuyer sur « Dieu qui a résolu de nous sauver » ; l’amour, c’est rendre cette foi tangible par des actes concrets. Quant au « casque de l’espérance du salut », il est indispensable à la protection de la tête (pensées). Sans espérance, on chancelle face aux épreuves de la vie. Mais si l’on demeure convaincu que Christ reviendra pour parachever toute chose dans la justice et la paix, aucune situation ne nous plonge définitivement dans la confusion.
Celui qui veille et vit dans la sobriété n’envisage pas la fin comme une nuit de jugement effroyable. Pour lui, c’est surtout le jour glorieux de la rencontre avec le Seigneur ; l’achèvement du salut tant attendu. C’est pourquoi Paul proclame : « Car Dieu ne nous a pas destinés à la colère, mais à la possession du salut par notre Seigneur Jésus-Christ, qui est mort pour nous, afin que, soit que nous veillions, soit que nous dormions, nous vivions ensemble avec lui » (1 Th 5.9-10). Pour les croyants, la fin ne se limite donc pas au jugement, mais concerne l’accomplissement total du salut en Christ. Dès lors, celui qui embrasse une saine eschatologie ne sombre pas dans la peur, ni dans la désinvolture. Une annonce correcte de la fin des temps nous conduit à « vivre fidèlement dès aujourd’hui », dans l’attente joyeuse de la plénitude du salut.
De même, l’Église doit se rappeler constamment sa « mission eschatologique ». Une Église qui perd de vue la fin risque de se laisser happer par les intérêts de ce monde. Si elle n’a plus la vision du royaume de Dieu, elle devient vite une institution aux aspirations purement terrestres, parfois pire que le monde lui-même. D’où l’insistance du pasteur David Jang : l’Église doit redevenir cette communauté spirituelle qui attend ardemment le retour du Seigneur et, dans cet élan, se consacre à la mission jusqu’aux extrémités de la terre. Il ne s’agit pas de grossir son propre effectif ou son pouvoir, mais de porter l’Évangile à « toutes les nations » (Mt 24.14). Le culte, l’enseignement de la Parole, l’édification mutuelle prennent toute leur signification dans cette perspective : « Le Seigneur va revenir. »
En 1 Thessaloniciens 5.11, Paul conclut : « C’est pourquoi exhortez-vous réciproquement et édifiez-vous les uns les autres, comme en fait déjà. » Dans d’autres lettres, l’apôtre doit parfois corriger des divisions, mais ici, il les félicite pour la solidarité et l’encouragement mutuel qui les distinguent. Ceci est directement lié à leur foi eschatologique : l’eschatologie rappelle que « nous sommes tous enfants de Dieu, destinés à régner avec Lui lorsque le Seigneur reviendra », et nous pousse à vivre dans l’amour fraternel d’une manière encore plus fervente à l’approche de ce jour. Plus ce jour approche, plus l’Église doit s’unir, se sanctifier et se fortifier. Il s’agit de couvrir les faiblesses fraternelles, de s’encourager et de s’édifier mutuellement.
En somme, l’eschatologie motive nos actes quotidiens. Dans un monde incertain, elle nous assure : « Je suis enfant de Dieu, enfant de la lumière. Je dois donc mener une vie de foi, car le Seigneur reviendra. » L’Église, pour sa part, est une « communauté eschatologique ». Bien plus qu’un bâtiment ou qu’une institution financière, elle est le rassemblement des « enfants de la lumière », qui proclament « Maranatha ! (Seigneur, viens !) », annoncent l’Évangile au monde, et s’emploient à répandre l’amour. Le pasteur David Jang souligne souvent que l’expansion de l’Évangile et les actions caritatives envers les démunis sont autant de manifestations concrètes de la foi eschatologique. « Réaliser dès maintenant la culture du ciel » et « prendre soin des délaissés » tout en guettant le retour du Seigneur résument l’attitude du croyant « éveillé et sobre ».
Dans cette optique, l’éloge et l’exhortation adressés par Paul à l’Église de Thessalonique gardent toute leur actualité. Paul leur écrit : « Frères, je n’ai rien à vous apprendre sur ces questions, car vous les avez déjà étudiées et débattues en profondeur. » C’est une reconnaissance du discernement qu’ils possèdent concernant l’histoire et la fin. « Vous êtes des enfants de la lumière. Ce jour ne vous surprendra pas comme un voleur », ajoute Paul. Ce sont des paroles de grâce qui réaffirment leur identité : préparés, veillant dans l’amour, grandissant ensemble. Possédant une telle foi, l’Église traverse persécutions et épreuves sans se laisser ébranler, restant fidèle à l’Évangile.
De nos jours, l’eschatologie est parfois mal comprise au sein des assemblées. Certains manipulent les croyants par la peur de la fin, d’autres prétendent connaître la date précise du retour du Seigneur, ce qui frise l’hérésie. C’est pourquoi il importe de retenir la « saine eschatologie » de l’Église de Thessalonique. Deux principes y coexistent : « Personne ne peut connaître le jour ni l’heure, donc n’écoutez pas de prophéties privées ni de calculs farfelus » ; mais également « Sachez discerner les signes du temps et restez éveillés dans la Parole, la mission et l’amour. » Quand ces deux aspects sont équilibrés, l’Église croît sainement, embrassant à la fois le présent et l’éternité. La vie chrétienne ne rejette pas la réalité terrestre, mais elle conserve comme boussole l’achèvement du royaume de Dieu.
Le pasteur David Jang enseigne fréquemment que si nous nous focalisons uniquement sur « la venue comme un voleur dans la nuit », nous risquons d’être paralysés par la peur ou obsédés par le désir de calculer la fin. Or le message de Paul est clair : « Pour vous, le jour du Seigneur ne peut pas survenir comme un voleur. Vous êtes dans la lumière ; veillez et soyez sobres, revêtez la foi, l’amour et l’espérance du salut. » Si cette assurance s’enracine dans l’Église, celle-ci ne sombre pas dans la morosité. Au contraire, elle s’épanouit dans la joie et la vie, car l’eschatologie, loin d’inoculer l’anxiété, insuffle dynamisme et espérance.
Et pour reprendre 1 Thessaloniciens 5.9-10 : « Car Dieu ne nous a pas destinés à la colère, mais à l’acquisition du salut par notre Seigneur Jésus-Christ, qui est mort pour nous, afin que… nous vivions ensemble avec lui. » Voilà le cœur de l’Évangile. L’eschatologie inclut certes jugement et colère de Dieu, mais pour les croyants en Christ, ce jugement fait partie intégrante de l’économie du salut. Nous entrerons dans la pleine communion avec le Seigneur à ce moment-là. Ainsi, Paul offre une réponse limpide à l’interrogation eschatologique des Thessaloniciens : « Le jour du Seigneur » n’est pas la terreur finale pour le croyant, mais le point culminant de sa rédemption. Que l’Église s’exhorte donc mutuellement et s’édifie pour ce jour.
Aujourd’hui, nous avons besoin plus que jamais de cette perspective. Le monde est en proie à l’insécurité et aux conflits, et beaucoup sont plongés dans l’incertitude. L’Église ne doit pas répondre : « Tout va bientôt s’effondrer, tremblez de peur et cachez-vous ! » Elle doit proclamer : « Le Christ va revenir et apporter la plénitude du salut. Alors, soyons vigilants et sobres, vivons dans l’amour et portons l’Évangile. » Telle est la bonne nouvelle. Telle est la posture des « vierges sages avec leur huile » et du « serviteur fidèle qui fructifie ses talents ». Dès lors, peu importe le jour : nous accueillerons le Seigneur dans la joie.
Le message de 1 Thessaloniciens 5 sur la fin des temps nous enseigne que le jour du Seigneur vient « comme un voleur dans la nuit », mais que les « enfants de la lumière » ne seront pas surpris, puisqu’ils sont déjà en éveil et en sobriété. Le pasteur David Jang le rappelle : « Ne transformons pas l’eschatologie en peur ou en prédictions hasardeuses. Au contraire, qu’elle devienne un moyen de fortifier l’Église dans sa santé spirituelle, son élan missionnaire et son amour fraternel. » À l’exemple de l’Église de Thessalonique qui s’écriait chaque jour « Maranatha ! (Seigneur, viens !) », demeurons dans l’entraide et l’exhortation mutuelle. Ainsi, au son de la trompette du Seigneur, nous pourrons l’accueillir dans l’allégresse.
En définitive, à travers ces deux axes de 1 Thessaloniciens 5, nous retenons la leçon suivante :
« Nul ne connaît exactement les temps et les moments, mais le Seigneur reviendra assurément. »
« Si ce jour vient comme un voleur pour le monde, pour les enfants de la lumière, il ne saurait être une surprise, car ils se tiennent prêts dans la foi. »
De plus, Jésus a déclaré que « l’Évangile sera annoncé à toutes les nations, et alors viendra la fin » (Mt 24.14). L’Église est donc appelée à parler de la fin tout en assumant pleinement sa vocation missionnaire au cœur du monde.
En conclusion, l’eschatologie ne pousse pas au repli, mais incite à la « transformation du présent » grâce à une foi inébranlable. Comme l’Église de Thessalonique sous la persécution, nous voulons espérer « le jour du Seigneur » et, ce faisant, recevoir l’éloge de Paul : « Frères, je n’ai rien à vous apprendre sur ce sujet. » Cela suppose un approfondissement continu de la Parole et un témoignage actif d’amour. Ensemble, soyons « enfants de la lumière » dans un monde obscur, proclamant « Viens, Seigneur Jésus », pour vivre une eschatologie saine, au service du prochain. Alors, au jour du Seigneur, nous entrerons dans son repos et sa gloire. Telle est la promesse donnée par Paul à l’Église de Thessalonique, et qui demeure pleinement valide pour nous aujourd’hui.