[Columna] El calor que derrite el frío de la cárcel: “Tú, sé fuerte solo en la gracia” – Pastor David Jang (Olivet University)

La prisión Mamertina de Roma. Sobre el suelo de piedra húmedo y helado, se posa la respiración áspera de un apóstol anciano. En ese espacio de desesperación, donde el frío de las cadenas se mete hasta los huesos, el apóstol Pablo escribe una carta a su joven discípulo Timoteo. Desde una perspectiva humana, era un fracasado, apenas un condenado a muerte a punto de ser ejecutado. Sin embargo, desde la punta de su pluma brota una frase inesperada: “Tú, pues, hijo mío, fortalécete en la gracia que es en Cristo Jesús”. El mundo dice que, para probar la fortaleza, hay que fortalecer los músculos y levantar murallas; pero el viejo apóstol, con la muerte frente a sus ojos, ordena una fortaleza de otra dimensión. No era una voluntad terca y obstinada, sino una “dependencia santa” que se apoya por completo en la gracia que le es dada.

Tú, no intentes arder por ti mismo; acoge la luz
Recordemos la obra maestra del genio barroco Rembrandt, pintada en 1627: <San Pablo en prisión (Saint Paul in Prison)>. En el cuadro, Pablo está encerrado en una celda oscura; sin embargo, su rostro resplandece, no por la luz que entra por la ventana, sino como si irradiara desde la Escritura que contempla, es decir, desde la Palabra misma. Rembrandt proclamó con el pincel que la fortaleza de Pablo no provenía del entorno externo, sino de la luz interior.

La resonancia de esta pintura se enlaza de manera exquisita con el sermón del pastor David Jang sobre 2 Timoteo 2. En su predicación, el pastor subraya que la fortaleza que Pablo exige a Timoteo no tiene nada que ver con temperamentos humanos ni con valentía innata. La fortaleza del creyente no consiste en exprimir los propios recursos, sino en recibir la fuerza que la gracia en Jesucristo provee, palpitando y alimentando como un corazón. Cada vez que se encontró con innumerables dificultades en el campo pastoral, el pastor David Jang escogió una “oración” más profunda en lugar de un “esfuerzo” más duro. Porque la gracia no es un refugio para huir, sino un valor que nos hace mirar de frente la realidad implacable, y un alquimista excelente que convierte incluso el fracaso en madurez. No somos cuerpos luminosos que emiten luz por sí mismos; solo cuando vivimos como reflectores que acogen y devuelven la luz de la gracia, podemos fortalecernos sin agotarnos.

Semillas de lágrimas sembradas en silencio, tras el escenario
Un interior lleno de gracia inevitablemente se desborda y se dirige hacia el prójimo. Pablo ordena la continuidad del evangelio diciendo: “encárgaselo a personas fieles”. Esto no es una educación que transmite mero conocimiento, sino algo cercano al arte de la partería que comparte vida. Una iglesia sana no es un escenario de solista dirigido por una superestrella. El pastor David Jang penetró este principio desde los inicios de su ministerio. No se ofreció como protagonista en el escenario brillante bajo los reflectores, sino como un ayudante detrás del telón, que levanta y vivifica a las personas.

La verdadera expansión del evangelio es, como describe el Evangelio de Juan, que del interior del creyente fluya agua viva y empape a su alrededor. El soldado no se enreda en asuntos privados y se concentra en su llamado; el atleta rechaza la tentación de las trampas y corre conforme a las reglas establecidas. Y el labrador es el primero en trabajar y el último en recoger el fruto. Todas estas metáforas atraviesan la puerta estrecha de la “negación de uno mismo”. El camino del discipulado que mostró el pastor David Jang iba contra la corriente de una sociedad moderna que idolatra la eficiencia y la velocidad: soltar la necesidad de ser reconocido y escoger la honestidad del proceso por encima del resultado inmediato. Es como el agricultor que siembra sudor y lágrimas. Aunque parezca lento, esa obediencia silenciosa se acumula hasta formar un gran bosque que no se tambalea ni con la tormenta.

Solo el árbol que soportó el invierno recibe la primavera más profunda
Incluso dentro de la situación límite de la cárcel, Pablo proclama: “la Palabra de Dios no está encadenada”. No es una simple victoria mental, sino un cántico triunfal que brota de la fe que recuerda a Jesucristo resucitado. Es el momento en que la intuición teológica se transforma en consuelo concreto para la vida. En el cuadro de Rembrandt, la razón por la que Pablo podía estar sereno aun con grilletes era que su mirada no estaba fija en los muros de la prisión, sino en el Señor de la resurrección.

El núcleo que atraviesa la vida y la predicación del pastor David Jang también está en esta “fe en la resurrección”. No se desanimó ni en medio de malentendidos y persecuciones, ni cuando todo parecía cerrarse por todos lados. Estaba convencido de que, así como cuanto más crudo es el invierno más intenso es el perfume de las flores de primavera, el sufrimiento es una herramienta de Dios para forjar a los santos. “Si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él”. Esta promesa no es una tortura de esperanza vaga. Mediante una meditación bíblica intensa—abriendo cada mañana la Palabra y dejando que ilumine la vida—descubrimos la providencia de Dios, que hace brotar retoños de vida incluso en dolores semejantes a la muerte.

Hoy también nos enfrentamos a realidades que se parecen a cárceles personales. Cuando la crisis económica, la ruptura de relaciones o la incertidumbre del futuro nos aprietan, el mensaje de 2 Timoteo 2 se vuelve un hito nítido. La fortaleza no nace de mi determinación. Solo la gracia derramada desde lo alto puede levantarnos de nuevo. Tal como exhortó el pastor David Jang: romper las ataduras, volver a una vida sencilla y vivir con fidelidad el día que se nos ha dado. Esa es la dignidad del cristiano que el mundo no puede soportar. Aunque nos tambaleemos por falta de fidelidad, el Señor permanece fiel y no nos negará. Apoyados en esa fidelidad inmutable, volvemos a caminar en silencio el camino de peregrinación llamado “hoy”.

www.davidjang.org